«Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis» (Juan 14:3).

 ¿Le gusta imaginarse cómo será el cielo? En una semana de oración que dirigía en una universidad adventista, el sermón había versado sobre la venida de Jesús. Durante el mismo, se me había ocurrido mencionar que en el cielo, la relación marido-mujer no será como la hemos conocido en la tierra. Más tarde, una joven se me acercó y expresó su decepción al respecto. En otro momento, un hermano me comentó que, si él y su esposa no podían tener intimidad en el cielo, no quería ir.

Un día, un saduceo se acercó a Jesús y le planteó una situación imaginaria en la que una mujer, viuda de siete maridos, había muerto. Luego le preguntó a Jesús cuál de los siete sería su esposo en el cielo. La respuesta de Jesús fue: «Los que son tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan ni se dan en casamiento, porque ya no pueden morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios al ser hijos de la resurrección» (Luc. 20:35,36).

Me encontraba comiendo en un restaurante cuando vi a una pareja que estaba sentada en uno de los reservados. Junto a ellos, en un cochecito de bebé, dormía una niña de unos seis años de edad. Después de observarla con más detenimiento, noté que algo no andaba bien. Cuando, después de comer, salíamos del restaurante, vi que los padres daban de comer a la niña y entonces me di cuenta de que padecía una discapacidad. Aunque, como es de suponer, no los conocía, puse la mano en el hombro de la madre y dije: «Cuando Jesús venga, sanará a su hija».

Es muy difícil imaginar cómo será vivir en la tierra nueva. Pero una cosa sí sabemos: «Ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron» (Apoc. 21:4). No habrá niñas discapacitadas, ciegas ni cojas. «Antes bien, como está escrito: “Cosas que ojo no vio ni oído oyó ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que lo aman”» (1 Cor. 2:9). Basado en Juan 14:1-10

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