Cuando Pilato vio que no conseguía nada […], mandó traer agua y se lavó las manos delante de todos. Mateo 27:24.

 «Los cobardes —escribe Frank S. Mead— mueren varias veces; los valientes, solo una».

Si hay un personaje de la historia a quien se aplican estas palabras, con pasmosa exactitud, ese es Poncio Pilato. Cuando los sacerdotes judíos le llevaron a Jesús para que lo juzgara, Pilato se dio cuenta de las intenciones malignas de esos hombres. Al mismo tiempo, percibió en Jesús una nobleza de carácter que contradecía abiertamente a sus acusadores. Al darse cuenta de que las acusaciones no tenían fundamento alguno, era su deber liberarlo. Pero no lo hizo. En cambio, intentó una táctica tras otra, sin que ninguna le funcionara.

¿Qué impidió que Pilato hiciera lo que él sabía que era su deber? Por un lado, temió perder su puesto. Por el otro, tuvo miedo a los líderes judíos. Y ellos se dieron cuenta. Vieron que este hombre vacilaba entre el deber y la complacencia, y no desperdiciaron las oportunidades que esa vacilación les proporcionó.

Un hecho en particular reveló a los líderes judíos la debilidad de Pilato. Ya había dicho que nada digno de muerte encontraba en Jesús, pero ordenó que fuese azotado (ver Luc. 23:16,22). Si lo consideraba inocente, ¿por qué tenía que azotarlo? ¡Por favor! Jamás se azota a un hombre acusado de ser criminal si se sabe que es inocente, a menos que se quiera complacer a sus acusadores. Con ese acto, Pilato mostró que estaba dispuesto a sacrificar «un poquito» su sentido de lo recto si con ello podía dejar contento a todo el mundo. Pero no le funcionó.

Luego pretendió eludir responsabilidades lavándose las manos (Mat. 27:24), pero ya su conciencia estaba manchada. Ese día, algo murió adentro de él. Se dice que al final terminó perdiendo el puesto que tanto cuidó y, «atormentado por el remordimiento […], poco después de la crucifixión, se quitó la vida» (El Deseado de todas las gentes, p. 700).

Apreciado joven, hay situaciones en la vida en las que no hacer lo correcto es tan malo como hacer lo incorrecto. Si no hoy, mañana, te tocará decidir si obedecer o no a los dictados de tu conciencia. Cuando esto suceda, decide ser fiel a tus convicciones de lo recto. Dios estará contigo. Y cuando llegue la noche, podrás dormir tranquilo.

Padre mío, que cuando el deber llame a mi puerta, yo siempre pueda darle bienvenida

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