Martes 4 de diciembre:

La ley y el evangelio

“Pues si por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo, los que reciben la abundancia de la gracia y del don de la justicia… Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, muchos serán constituidos justos” (Romanos 5:17, 19). Somos salvos por la gracia de Cristo, pero su gracia no elimina la ley, que es la transcripción de su carácter. La ley presenta la justicia en contraste con la injusticia; hace conocer el pecado y lo muestra extremadamente pecaminoso, de tal manera que condena al transgresor. Pero no tiene poder para salvarlo, restaurarlo o perdonarlo. El perdón solo le llega mediante Cristo, quien vivió en su humanidad de acuerdo a la ley. Su única esperanza está en el Sustituto provisto por Dios, quien dio a su Hijo para que reconciliara al mundo a sí: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21) (Review and Herald, 25 de julio, 1899).

Cristo no vino para excusar el pecado ni justificar al pecador mientras continúa transgrediendo la ley por  la que el Hijo de Dios dio su vida para vindicada y exaltarla. Si hubiera sido posible anular la ley, Cristo no hubiese necesitado venir a nuestra tierra a morir, el justo por los injustos, y Dios podría haber aceptado al pecador sin sacrificio de por medio. Pero eso no era posible. Por la ley, el transgresor está esclavizado; solo el obediente es hecho libre. La ley condena al pecador; no puede limpiarlo. El pecador solo puede estar justificado ante Dios si se arrepiente y por la fe confía en los méritos de Cristo. La ley es el espejo donde el pecador ve sus defectos morales de carácter reflejados, pero el espejo no puede removerlos. El evangelio presenta a Cristo como el único que, mediante su sangre, puede remover las manchas del pecado. Pero, aunque la ley no tiene poder para perdonar ni limpiar, es el único medio para mostrarle al pecador lo que realmente es el pecado. Con la ley, se conoce el pecado; sin la ley, el pecado es muerte (Signs of the Times, 18 de julio, 1878).

Recordemos que “por medio de la ley es el conocimiento del peca­ do”. Los mandamientos de Dios convencen al pecador de su culpa. Pero esta ley perfecta ha sido obedecida por Cristo en nuestro lugar, y por él somos liberados de nuestra gran deuda, y mediante su fuerza podemos ser obedientes a Dios. En lugar de sentir que ahora somos libres de la ley para seguir transgrediéndola, comprenderemos, como nunca antes, que Cristo murió para mantener su autoridad, y aceptaremos los justos reclamos de Dios sobre nosotros y el carácter sagrado de su ley (Signs of the Times, 15 de diciembre, 1881).

La ley y el evangelio están en perfecta armonía. Se sostienen mutuamente. La ley se presenta con toda su majestad ante la conciencia, haciendo que el pecador sienta su necesidad de Cristo como la propiciación de los pecados. El evangelio reconoce el poder e inmutabilidad de la ley. “Yo no conocí el pecado sino por la ley”, declara Pablo (Romanos 7:7). La convicción del pecado… impele al pecador hacia el Salvador (La maravillosa gracia de Dios, p. 15).

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