NOTAS DE ELENA 2013Miércoles 2 de enero:
Jesús, el Creador del cielo y de la tierra
El gran Creador convocó a las huestes celestiales para conferir honra especial a su Hijo en presencia de todos los ángeles. Éste estaba sentado en el trono con el Padre, con la multitud celestial de san-tos ángeles reunida a su alrededor. Entonces el Padre hizo saber que había ordenado que Cristo, su Hijo, fuera igual a él; de modo que doquiera estuviese su Hijo, estaría él mismo también. La palabra del Hijo debería obedecerse tan prontamente como la del Padre. Éste había sido investido de la autoridad de comandar las huestes angélicas. Debía obrar especialmente en unión con él en el proyecto de creación de la tierra y de todo ser viviente que habría de existir en ella. Ejecutaría su voluntad o haría nada por sí mismo. La voluntad del Padre se cumpliría en él (La historia de la redención, pp. 13, 14).

El Soberano del universo no estaba solo en su obra benéfica. Tuvo un compañero, un colaborador que podía apreciar sus designios, y que podía compartir su regocijo al brindar felicidad a los seres crea-dos. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios” (Juan l: l, 2). Cristo, el Verbo, el Unigénito de Dios, era uno solo con el Padre eterno, uno solo en naturaleza, en carácter y en propósitos; era el único ser que podía penetrar en todos los designios y fines de Dios. “Y llamaráse su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz”. “Sus salidas son desde el principio, desde los días del siglo” (Isaías 9:6; Miqueas 5:2). Y el Hijo de Dios, hablando de sí mismo, declara: “Jehová me poseía en el principio de su camino, ya de anti-guo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado… Cuando establecía los fundamentos de la tierra; con él estaba yo ordenándolo todo; y fui su delicia todos los días, teniendo solaz delante de él en todo tiempo” (Proverbios 8:22-30).

EL Padre obró por medio de su Hijo en la creación de todos los seres celestiales. “Porque por él fueron criadas todas las cosas… sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue criado por él y para él” (Colosenses 1:16) (Patriarcas y profetas, p. 12).

El cielo sabía que el hombre necesitaba un Maestro divino. La compasión y simpatía de Dios se despertaron en favor de los seres humanos, caídos y atados al carro de Satanás; y cuando llegó la plenitud del tiempo, él envió a su Hijo. El que había sido señalado en los concilios del cielo, vino a esta tierra como instructor del hombre. La rica benevolencia de Dios lo dio a nuestro mundo; y para satisfacer las necesidades de la naturaleza humana, se revistió de humanidad. Para asombro de la hueste celestial, el Verbo eterno vino a este mundo como un niño impotente. Plenamente preparado, dejó los atrios celestiales y se alió misteriosamente con los seres humanos caídos. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14) (Consejos para los maestros, p. 246).

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