Miércoles 14 de noviembre:

Yelmo y espada

El que se arrepiente de sus pecados y acepta el don de la vida del Hijo de Dios, no puede ser vencido. Al asirse por la fe de la naturaleza divina, llega a ser un hijo de Dios: ora, y cree. Cuando es tentado y probado, reclama el poder que Cristo le dio con su muerte, y vence por su gracia. Esto necesita entenderlo todo pecador. Debe arrepentirse de su pecado, debe creer en el poder de Cristo, y aceptar ese poder para salvarlo y guardarlo del pecado. Cuán agradecidos debiéramos estar por el don del ejemplo de Cristo (Mensajes selectos, tomo 3, pp. 406, 407).

Los valores involucrados son inmensos. Somos hechos participan­tes del sacrificio de Cristo en esta vida y se nos asegura que seremos participantes de los beneficios de la futura vida inmortal; pero para ello, debemos mantener nuestra confianza hasta el fin.

Cuando un alma se acerca a Dios como su Padre, el cielo llega a ser su hogar, llega a ser un miembro de la familia real, un hijo del Rey celestial. Tiene una póliza de seguro de vida firmada por Dios que lo creó. Todos los que tienen este seguro de vida están unidos a la familia de los redimidos por lazos que no pueden ser quebrantados…

Solamente mediante Cristo hay esperanza para la salvación del alma. El se identifica con nuestro bienestar presente y futuro, y nada en este mundo puede compararse con eso. Coloca al ser humano por encima de cualquier diferencia en riquezas, títulos o dignidad humanas. Mediante la fe en la justicia de Cristo, el ser humano puede alcanzar las manos de los ángeles. Al recibir a Cristo, es elevado y ennoblecido porque la verdad vive en su alma creyente; camina en este mundo como un heredero de Dios y coheredero con Cristo, listo para una herencia inmortal (Manuscript Releases, tomo 6, pp. 31, 32).

“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intencio­nes del corazón” (Hebreos 4:12).

Las verdades de la Biblia, atesoradas en el corazón y la mente, y obedecidas en la vida, convencen y convierten el alma, transforman el carácter y consuelan y elevan el corazón… La Palabra hace humil­de al orgulloso, hace manso y contrito al perverso, al desobediente lo torna obediente. Los hábitos pecaminosos naturales para el hombre están entretejidos en la práctica diaria. Pero la Palabra corta y des­echa la concupiscencia, discierne los pensamientos y las intenciones de la mente… y hace que los hombres estén deseosos de sufrir por su Señor.

El servicio por Cristo es algo celestial, santo y bendito. Hay que escudriñar diligentemente la Palabra, porque el ministerio de la Palabra revela las imperfecciones de nuestro carácter y nos enseña que la santificación del Espíritu es una obra ideada por el Cielo, y presenta en Cristo Jesús la verdadera perfección que, si se mantiene, llegará a ser un todo perfecto en beneficio de cada alma (A fin de conocerle, p. 201).

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