«Ahora, pues, dad gloria a Jehová, Dios de vuestros padres, haced su voluntad y apartaos de los pueblos de las tierras y de las mujeres extranjeras» (Esdras 10:11).

 Los hijos de Dios tienen que tomarse en serio lo que las Escrituras dicen en 1 Timoteo 2:9,10: «En cuanto a las mujeres, quiero que ellas se vistan decorosamente, con modestia y recato, sin peinados ostentosos, ni oro, ni perlas ni vestidos costosos. Que se adornen más bien con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan servir a Dios» (NVI).

Los apóstoles no reforzaban las normas culturales de su tiempo. De hecho, hacían justo lo contrario. Cuando Pablo escribió estas palabras, las mujeres romanas utilizaban, virtualmente, todos los tratamientos de belleza que usan las mujeres de hoy en día. Las mujeres romanas empezaban el día arreglándose el cabello y maquillándose. Se pintaban los labios, se ponían sombra de ojos y pestañas postizas, se cubrían el cutis con polvos blancos y en las mejillas se ponían colorete. Sus peinados eran elaborados y se componían de rizos, flequillos y trenzas; hasta tal punto que algunas llevaban peluca.

Las mujeres romanas adornaban el resto de su cuerpo tanto como sus rostros. Cuando salían, solían lucir joyas y, a menudo, llevaban uno o varios costosos anillos en todos los dedos de las manos. Además de ser extravagantes en el vestido, los romanos de clase alta disfrutaban de mucho tiempo libre. Llenaban las tardes y los días de fiesta con opíparos banquetes que podían durar hasta diez horas, funciones de teatro y acontecimientos deportivos.

El teatro romano seguía el modelo del griego. Las escenas preferidas del público se basaban en los crímenes, el adulterio y la inmoralidad. Lactancio, un cristiano del siglo III, escribió: «Efectivamente, las comedias hablan de estupros de doncellas o de amoríos de meretrices […]. De igual forma, las tragedias meten por los ojos parricidios e incestos de reyes malvados» (Lucio Celio Firmiano Lactancio, Instituciones divinas VI, 20, 27-28; Trad. E. Sánchez Salor, Madrid: Credos, 1990).

Los juegos del circo y el anfiteatro estaban diseñados para saciar la eterna sed de violencia, brutalidad y sangre de los romanos. Las brutales carreras de cuadrigas eran su pasatiempo favorito. Durante las carreras era inevitable que los carros chocaran y que los aurigas fueran arrastrados hasta morir o atropellados por sus contrincantes.

En la actualidad, la televisión muestra juegos de computadora que simulan la violencia de los juegos de la Roma antigua.  La televisión que ve un cristiano medio es incompatible con una vida cristiana. Hágase el propósito de no ver nada en televisión que no honre y glorifique a Dios.  Basado en Juan 17:14,15

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