Miércoles 21 de noviembre:

La unidad en la iglesia

 Trabajad con ardor en favor de la unión. Orad, trabajad para obtenerla. Ella os traerá salud espiritual, pensamientos elevados, nobleza de carácter, el ánimo celestial, y os permitirá vencer el egoísmo y las suspicacias, y ser más que vencedores por Aquel que os amó, y se dio a sí mismo por vosotros. Crucificad el yo, considerad a los demás como más excelentes que vosotros mismos; y así realizaréis la unión con Cristo. Ante el universo celestial, ante la iglesia y el mundo, daréis la prueba indiscutible de que sois hijos de Dios. Dios será glorificado por el ejemplo que deis.

Lo que el mundo necesita es ver este milagro: los corazones  de los hijos de Dios ligados unos a otros por el amor cristiano. Necesita verlos sentados juntos, en Cristo, en las alturas celestiales. ¿No queréis mostrar por vuestra vida lo que puede la verdad divina en quienes aman y sirven al Señor? Él conoce lo que podéis llegar a ser y sabe cuánto puede hacer su gracia en vuestro favor, si queréis llegar a ser participantes de la naturaleza divina (Testimonios para la iglesia, tomo 9, p. 151).

La unidad que existe entre Cristo y sus discípulos no destruye la personalidad de ninguno de los dos. Son uno en pensamiento, en propósito, en carácter; pero no en persona. El hombre llega a participar de la naturaleza divina, participando del Espíritu de Dios, conformándose a la ley de Dios. Cristo hace que sus discípulos lleguen a una unión viviente con él y con el Padre. El hombre es hecho completo en Cristo Jesús mediante la obra del Espíritu Santo en la mente humana. La unidad con Cristo establece un vínculo de unidad mutua. Esa unidad es la prueba más convincente ante el mundo de la majestad y virtud de Cristo y de su poder para eliminar los pecados (Comentario bíblico adventista, tomo 5, pp. 1121, 1122).

La unión entre Cristo y su pueblo debe ser viva, verdadera e inagotable, asemejándose a la unión que existe entre el Padre y su Hijo. Esta unión es el fruto de la morada del Espíritu Santo. Todos los verdaderos hijos de Dios revelarán al mundo su unión con Cristo y sus hermanos. Aquellos en cuyos corazones mora Cristo, llevarán el fruto del amor fraternal. Comprenderán que como miembros de la  familia  de  Dios están señalados para cultivar, fomentar y perpetuar el amor y la amistad cristianos, en espíritu, palabras y acción.

Ser hijos de Dios, miembros  de la familia  real, significa más  de lo que muchos suponen. Los que son considerados por Dios como sus hijos, revelarán amor cristiano los unos por los otros. Vivirán y obrarán con un propósito: representar  apropiadamente a Cristo ante el mundo. Por su amor y unidad mostrarán al mundo que son portadores de las credenciales divinas. Por la nobleza de su amor y su abnegación, demostrarán a los que los rodean que son verdaderos seguidores del Salvador. “Por esto conocerán todos los hombres que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros”…

La evidencia más poderosa que puede dar un hombre de que ha nacido de nuevo y que es un nuevo hombre en Cristo, es la manifestación de su amor hacia sus hermanos, el hacer las obras de Cristo. Este es  el testimonio  más  maravilloso  que  se puede  aportar  en  favor  del cristianismo, y que conducirá a las almas a la verdad (Hijos e hijas de Dios, p. 295).

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