Miércoles 26 de marzo – Devoción Matutina para Menores 2014 — La carta

«Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5: 8).

La tía Leta guardaba la carta en el cajón de su antigua mesa de caoba. Cada vez que la sacaba para mostrársela a los niños, no permitía que la tocaran.
Años después la retiró de la mesa, le sacó una fotocopia y guardó la original en una caja de seguridad en el banco. Después de su muerte, la carta pasó a manos de un museo de Filadelfia. ¿Qué tenía de especial aquella raída carta de la tía Leta, que ni siquiera había sido escrita para ella?
Se trataba de una carta que un pariente (no recuerdo cuál) le había escrito a mi abuelo. Pero eso tampoco era importante. Lo que hacía especial la carta era que este primo o tío la había escrito en la prisión del ejército confederado de Andersonville, dos semanas antes del final de la Guerra Civil Estadounidense.
Estar prisionero allí habría significado la muerte para muchos. Ninguna prisión en 1865 habría ganado un reconocimiento de pulcritud por parte del Ministerio de Salud. La hediondez por las enfermedades, la suciedad y la muerte llenaban cada celda y rincón de aquellas cárceles. Sin embargo, la infame prisión de Andersonville era la peor. La cruda descripción de la prisión que hacía mi pariente se convirtió en una valiosa pieza histórica. Si la guerra no hubiera terminado, mi pariente habría estado entre las estadísticas de los muertos en los libros de historia. Afortunadamente, vivió para regresar a su granja.
Cuando vi la carta por primera vez, me sentí decepcionada. Está escrita en una sucia hoja de papel blanco, y la escritura es casi ilegible. «Gran cosa», pensé. Para mí, era una simple carta de un simple hombre que había muerto hacía mucho tiempo. «Me han ofrecido más de cincuenta mil dólares por ella», confesó una vez la tía Leta. ¿Cómo puede algo que pareciera tener tan poco valor, ser tan valioso?
Nosotros no siempre vemos valor en cosas o en personas que Dios sí puede ver. Un indigente cambia cuando lo veo a través de los ojos sabios y amantes de Jesús. El murió por el borrachito de la plaza, por el compañero que quiere copiarse de tu examen de historia, por el bravucón de la clase, por el cobarde, por ti y por mí. ¿Valiosos? Sí, tanto que es imposible ponerles precio.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA MENORES 2014
EN LA CIMA
Por: Kay D. Rizzo
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