jovenesDame, hijo mío, tu corazón y no pierdas de vista mis caminos. Proverbios 23: 26, NVI
Desertor. Según el diccionario, el «soldado que desampara su bandera». Casi suena a «traidor». Es un calificativo para nada agradable, pero es prácticamente lo que el apóstol Pablo dice de uno de sus colaboradores: «Demás, que amaba más las cosas de esta vida, me ha abandonado y se ha ido a Tesalónica» (2 Tim. 4:10).
¡Qué triste! El nombre de Demás se menciona solo tres veces en la Biblia. En dos de ellas (Col. 4:14; File. 24) está incluido entre los que envían saludos a otros cristianos. Incluso en una (File. 24) se dice que está ayudando al apóstol Pablo en la predicación del evangelio. Pero luego desertó. Así no más, se fue. ¿Qué pasó?
El Comentario bíblico adventista explica que Demás vio en el encarcelamiento de Pablo un peligro para su propia vida. Al comparar las pruebas por las que atravesaba el apóstol con los placeres de Roma, la gran ciudad del momento, Demás simplemente optó por el camino más atractivo, el más fácil: abandonó «su bandera»; la bandera de la fe. Su nombre no se menciona nunca más después de eso. Pudo recibir honores inmortales, pero prefirió disfrutar de los placeres temporales del pecado (Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 360).
Pienso que el problema de Demás, en el fondo, lo describe de manera acertada el escritor Helmut Thielicke, que afirma que algunos cristianos entregan a Dios algunos aspectos de su vida pero «reservan» un sector al que, bajo ninguna circunstancia, le permiten el acceso. En el caso de Demás, Dios podía entrar a su corazón a través de cualquiera de sus puertas, menos por una. De esa puerta en particular Demás se reservó la llave. Colocó sobre ella un letrero que decía «PRIVADO». En otras palabras, nunca se entregó por completo a Dios. Y en el momento de la prueba, su fe naufragó.
¿Has entregado a Dios «las llaves de todas las puertas de tu vida» ? ¿O todavía hay una puerta que dice «ACCESO PRIVADO»?
Entreguemos a Dios el manojo completo de llaves, todo nuestro corazón, sin reservar nada. Acaso, ¿no entregó todo Cristo para salvarte a ti y también a mí?
Señor Jesús, con tu muerte en la cruz, ganaste el derecho de morar en mi corazón.

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