«Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel que él ha enviado”» (Juan 6:29).

CA Jesús se le partía el corazón, no porque su amigo Lázaro hubiera muerto, sino por la tristeza y la incredulidad de Marta, la hermana de su amigo. Ella creía en el Señor, en teoría, pero su corazón seguía desconsolado.

El Señor trató a Marta con gran sabiduría. En primer lugar, no se enojó con ella. En su voz no había rastro alguno de irritación. No le dijo: «Marta, me avergüenzo de que me tengas en tan poca consideración». Ella pensó que honraba a Jesús al decir: «Sé que, incluso ahora, cualquier cosa que le pidas a Dios, él te la dará». Pensaba que Jesús era un gran profeta que podía pedirle a Dios cualquier cosa y que recibía respuesta a todas sus oraciones.

No consiguió darse cuenta del poder personal de Jesús para dar y sostener la vida. Pero el Salvador no la regañó. No creo que el pueblo de Dios aprenda mucho de los regaños. Si alguna vez encuentra a un hijo del Señor que no logra alcanzar el ideal, no lo amenace ni lo reprenda. Sea amable con los demás, así como el Señor ha sido amable con usted. Que los siervos pierdan la paciencia es inapropiado, sobre todo cuando el Maestro ha mostrado tanta.

Con espíritu compasivo y amable, Jesús comenzó a enseñarle más cosas referidas a sí mismo. Qué reconfortantes debieron sonar a sus oídos estas palabras: «Yo soy la resurrección y la vida». No es que dijera: «Puedo conseguir la resurrección con mis oraciones»; sino: «Yo, y ningún otro, soy la resurrección».

Al decir: «Yo soy la resurrección y la vida», el Señor le indicó a Marta que la resurrección y la vida no son bendiciones que él tuviera que pedir a Dios, ni siquiera dones que tuviera que crear; sino que él mismo es la resurrección y la vida. Esto es así, allí donde esté. Él es el Autor, el Dador y el Sustentador de la vida; él mismo es la vida. El Señor quería que Marta supiera que él era lo que ella pedía para su hermano.

Si tiene el corazón dolorido por el fallecimiento de alguien a quien amaba, las palabras del Salvador también son para usted. Basado en Juan 11:1-44

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