Miércoles 3 de diciembre | Devoción Matutina para Adultos 2014 | Renacer de las cenizas -1

Escuchadme, costas, y esfuércense los pueblos; acérquense, y entonces hablen. Isaías 41:1.

La renovación y la reconstrucción estaban a la vanguardia del pensamiento adventista en los primeros años del siglo XX. Los fuegos devastadores no solo destruyeron la presencia institucional de la iglesia en Battle Creek; la iglesia no solo perdió a J. H. Kellogg, A. T. Jones, E. J. Waggoner y a otros, sino también, en el proceso, Kellogg había arrebatado a la iglesia la propiedad del Sanatorio de Battle Creek reconstruido y la de la Escuela de Medicina de la iglesia (el Colegio Médico Misionero Norteamericano).
Era hora no solo de reconstruir, sino además de hacer algo en un lugar nuevo. A comienzos del siglo XX, la continua migración de adventistas a Battle Creek se había vuelto un problema concreto. En vez de vivir en varios lugares donde pudieran dar testimonio de su fe, una gran porción de la feligresía adventista se había congregado en la ciudad, chismeando entre si y entorpeciendo la misión adventista en otras formas.
Más allá de eso, Battle Creek se había centralizado excesivamente como la base de poder para el adventismo mundial. No solo las instituciones más grandes e influyentes de la iglesia estaban ubicadas allí, sino también la sede mundial. Un puñado de hombres, que eran miembros de varias juntas interconectadas, “gobernaban” al adventismo en todas partes. En síntesis, para 1900, Battle Creek había llegado a ser, para el adventismo, lo que Jerusalén fue para los judíos y lo que Salt Lake City es para los mormones. Sin embargo, el nuevo siglo fue testigo de la desintegración de la “ciudad santa” del adventismo.
Elena de White había estado recomendando esto desde principios de la década de 1890. Sin embargo, no muchos habían respondido. Los primeros dirigentes institucionales en iniciar la partida desde la ciudad fueron E. A. Sutherland y P. T. Magan, que habían transferido el Colegio de Battle Creek a Berrien Springs, Michigan, en 1901.
El incendio de 1902, que destruyó la planta de la Review and Herald, brindó el Impetu necesario para sacar de la ciudad el programa de publicaciones y la sede de la Asociación General.
El mayor problema para muchos era adónde ir. Al comienzo parecía que la ciudad de Nueva York podría ser la ubicación adecuada, pero para 1903 Washington, D.C. se había convertido en el lugar preferido.
El congregarse en “centros” adventistas ha infestado la testificación adventista prácticamente desde su comienzo. Quizá, parte de nuestra comisión sea que seamos más quienes nos mudemos a zonas donde podamos testificar a nuestros vecinos. Medita en esto.

DEVOCIÓN MATUTINA PARA ADULTOS 2014
A MENOS QUE OLVIDEMOS
Por: George R. Knight
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