NOTAS DE ELENA 2013Miércoles 30 de enero:

El carácter de nuestro Creador

Cuando Dios dio a su Hijo al mundo hizo posible para hombres y mujeres que fueran perfectos por el empleo de cada facultad de su ser para gloria de Dios. Les dio en Cristo las riquezas de su gracia, y un conocimiento de su voluntad. Al vaciarse de sí mismos y al aprender a andar en humildad confiando en la dirección de Dios, los hombres serían capacitados para cumplir los elevados propósitos de Dios para ellos.

La perfección del carácter se basa en lo que Cristo es para nosotros. Si dependemos constantemente de los méritos de nuestro Salvador, y seguimos en sus pisadas, seremos como él, puros e incontaminados.

Nuestro Salvador no requiere lo imposible de ninguna alma. No espera nada de sus discípulos para lo cual no esté dispuesto a darles gracia y fortaleza a fin de que puedan realizarlo. No les pediría que  fueran perfectos, si junto con su orden no les concediera toda perfección de gracia a aquellos sobre los que confiere un privilegio tan elevado y santo {La maravillosa gracia de Dios, p. 230).

La santidad de corazón y la pureza de vida eran los grandes temas de las enseñanzas de Cristo. En su Sermón del Monte, después de especificar lo que se debe hacer a fin de ser benditos, y lo que no se debe hacer, dice: “Sed, pues vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto”. La perfección, la santidad, nada menos que eso, les otorgará el éxito en la aplicación de los principios que les ha dado. Sin la santidad, el corazón humano es egoísta, pecaminoso y vicioso. La santidad hará que su poseedor sea fructífero y que abunde en buenas obras. Nunca se cansará del bien hacer, ni tratará de escalar posiciones en este mundo, sino que esperará ser elevado por la Majestad del cielo cuando exalte a sus santificados en su trono… La santidad de corazón producirá actos rectos.

Así como Dios es puro en su esfera, el hombre ha de ser puro en la suya. Y será puro si Cristo se forma en su interior, la esperanza de gloria; porque imitará la vida de Cristo y reflejará su carácter {Dios nos cuida, p. 10).

El apóstol presenta el adorno interior en pugna con el ornato exterior, y nos dice cuál valora el gran Dios. El exterior es corruptible. Pero el espíritu agradable y pacífico, el desarrollo de un carácter de hermosa simetría, jamás se desvanecerá. Ese es un adorno imperecedero. A la vista del Creador de todas las cosas, todo lo que sea valioso, amable y hermoso se declara de gran precio.

¿No procuraremos ansiosamente adquirir lo que Dios considera más valioso que los vestidos costosos, las perlas o el oro? El adorno interior, la virtud de la mansedumbre, un espíritu a tono con los ángeles celestiales, no disminuirá la verdadera dignidad del carácter ni nos quitará encanto frente al mundo. El Redentor nos ha amonestado contra el orgullo de la vida, pero no contra su virtud y belleza natural {Meditaciones matinales 1952, p. 126).

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