Notas de Elena | 10 de Mayo del 2017 | Revestidos de humildad | Escuela Sabática

REVESTIDOS DE HUMILDAD
La ausencia del Espíritu Santo y de la gracia de Dios priva al ministro del evangelio del poder para convencer y convertir. Después de la ascensión de Jesús, los doctores, los abogados, los sacerdotes, los gobernantes, los escribas y los teólogos escucharon con asombro palabras de sabiduría y poder que salían de la boca de hombres sin formación y humildes. Esos sabios se maravillaron ante el éxito de los sencillos discípulos y, finalmente, para su propia satisfacción, descubrieron que la causa era que habían estado con Jesús y habían aprendido de él.
Su carácter y la sencillez de sus enseñanzas eran similares al carácter y las enseñanzas de Cristo. El apóstol lo describe con estas palabras: “Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia”…
A veces, la mano de Dios puede ser dura cuando humilla a los hombres y los pone en una posición correcta ante él. Mejor sería mantener el corazón humillado día a día ante Dios (Testimonios para la iglesia, tomo 4, pp. 371, 372).
Estamos a menudo propensos a llamar humildad al espíritu del siervo holgazán. Pero la verdadera humildad es completamente distinta.
El estar vestidos de humildad no significa que hemos de ser enanos intelectualmente, deficientes en la aspiración y cobardes en la vida, rehuyendo las cargas por temor de no poderlas llevar con éxito. La verdadera humildad cumple el propósito de Dios dependiendo de su fuerza.
Dios obra por medio de los que el elige. A veces elige al más humilde instrumento para que efectúe la mayor obra; porque su poder se revela en la debilidad del hombre. Los humanos tenemos nuestra norma, y en virtud de ella clasificamos una cosa como grande y otra como pequeña; pero Dios no valora las cosas de acuerdo con nuestra regla. No hemos de suponer que lo que es grande para nosotros tiene que ser grande para Dios, o lo que es pequeño para nosotros tiene que ser pequeño para Dios. No nos toca a nosotros juzgar nuestros propios talentos o elegir nuestra obra. Hemos de llevar las cargas que Dios nos señala, llevándolas por su causa, y siempre recurriendo a él en busca de descanso. Cualquiera sea nuestra obra, Dios es honrado por un servicio alegre y de todo corazón. Él se agrada cuando afrontamos nuestros deberes con gratitud, regocijándonos de que se nos considere dignos de ser sus colaboradores (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 297, 298).
Los que caminan en el temor de Jehová y meditan acerca de su carácter, cada día llegaran a ser más semejantes a Jesús. Los que no quieran conocer a Dios, se caracterizaran por su ostentación y su jactancia.
Muchos asumen lo que les parece que es una gran dignidad. Pero son necios a la vista del Señor. No se han contemplado en el espejo divino, y no saben cuan ridícula es su pretensión a la vista de un Dios santo. El que es capaz de ver lo que hay debajo de la superficie, desprecia esa suficiencia propia. Pueden desempeñar cargos de responsabilidad en la iglesia y en el mundo, pero mientras continúen deshonrando a su Creador, al hacer de sí mismos objetos de adoración, lo ofenden. (Cada día con Dios, p. 38).

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NOTAS DE ELENA
LECCIÓN DE ESCUELA SABÁTICA

II TRIMESTRE DEL 2017
Narrado por: Patty Cuyan
Desde: California, USA
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