Notas de Elena | 13 de Junio del 2017 | Mil años como un día | Escuela Sabática

MIL AÑOS COMO UN DÍA
Solamente ocho almas de la enorme población antediluviana creyeron y obedecieron la palabra que Dios les habló por labios de Noé. Durante ciento veinte años el predicador de la justicia amonestó al mundo acerca de la destrucción que se aproximaba; pero su mensaje fue desechado y despreciado. Lo mismo sucederá ahora…
Dice el apóstol Pedro: “En los postrimeros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias, y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su advenimiento? porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación” (2 Pedro 3:3, 4). ¿No oímos repetir hoy estas mismas palabras, no solo por los impíos, sino también por muchos que ocupan los pulpitos en nuestra tierra? “No hay motivo de alarma —dicen—. Antes de que venga Cristo, se ha de convertir el mundo entero, y la justicia ha de reinar durante mil años. ¡Paz, paz! Todo permanece así como desde el principio. Nadie se turbe por el inquietante mensaje de estos alarmistas”.
Pero esta doctrina del milenario no está en armonía con las enseñanzas de Cristo y de los apóstoles. Jesús hizo esta pregunta significativa: “Cuando el Hijo del hombre viniere, ¿hallará fe en la tierra?” (Lucas 18:8). Como hemos visto, él manifiesta que el estado del mundo será como en los días de Noé (Patriarcas y profetas, p. 92).
Nuestro Dios tiene a su disposición el cielo y la tierra y sabe exactamente lo que necesitamos. Solo podemos ver hasta corta distancia delante de nosotros; mas “todas las cosas están desnudas y abiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que dar cuenta” (Hebreos 4:13). Por sobre las perturbaciones de la tierra está él entronizado; y todas las cosas están abiertas a su visión divina; y desde su grande y serena eternidad ordena aquello que su providencia ve que es lo mejor.
Ni siquiera un pajarillo cae al suelo sin que lo note el Padre…
Somos tan ignorantes de Dios como niños pequeños, pero como niños podemos amarle y obedecerle. En vez de ponernos a conjeturar en cuanto a su naturaleza y prerrogativas, deberíamos prestar oído a la palabra que él ha hablado: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmos 46:10). (Testimonios para la iglesia, tomo 8, p. 285, 293).
Cristo está listo para libertamos del pecado, pero no fuerza la voluntad; y si ésta, por la persistencia en la transgresión, se inclina por completo al mal, y no deseamos ser libres ni queremos aceptar la gracia de Cristo, ¿qué más puede él hacer? Al rechazar deliberadamente su amor, hemos labrado nuestra propia destrucción. “¡He aquí ahora es el tiempo acepto! ¡He aquí ahora es el día de salvación!” (2 Corintios 6:2). “¡Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis vuestros corazones!” (Hebreos 3:7, 8). (El camino a Cristo, p. 34).

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NOTAS DE ELENA
LECCIÓN DE ESCUELA SABÁTICA

II TRIMESTRE DEL 2017
Narrado por: Patty Cuyan
Desde: California, USA
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