Notas de Elena | 18 de Mayo del 2017 | Jesús, el Mesías divino | Escuela Sabática

JESÚS, EL MESÍAS DIVINO
Hoy es tan cierto como en los días apostólicos que sin la iluminación del Espíritu divino, la humanidad no puede discernir la gloria de Cristo. La verdad y la obra de Dios no son apreciadas por un cristianismo que ama el mundo y transige con él. No es en la comodidad, ni en los honores terrenales o la conformidad con el mundo donde se encuentran los que siguen al Maestro. Han dejado muy atrás estas cosas y se hallan ahora en las sendas del trabajo, de la humillación y del oprobio, en el frente de batalla “contra principados, contra potestades, contra señores del mundo, gobernadores de estas tinieblas, contra malicias espirituales en los aires”.5 Como en los días de Cristo, no son comprendidos, sino vilipendiados y oprimidos por los sacerdotes y fariseos del tiempo actual.
El reino de Dios viene sin manifestación exterior. El evangelio de la gracia de Dios, con su espíritu de abnegación, no puede nunca estar en armonía con el espíritu del mundo. Los dos principios son antagónicos. “Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura: y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente” (1 Corintios 2:14) (El Deseado de todas las gentes, pp. 469, 470).
“Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra han pasado”. Apocalipsis 21:1 (VM). El fuego que consume a los impíos purifica la tierra. Desaparece todo rastro de la maldición.
Ningún infierno que arda eternamente recordara a los redimidos las terribles consecuencias del pecado.
Solo queda un recuerdo: nuestro Redentor llevara siempre las señales de su crucifixión. En su cabeza herida, en su costado, en sus manos y en sus pies se ven las únicas huellas de la obra cruel efectuada por el pecado. El profeta, al contemplar a Cristo en su gloria, dice: “Su resplandor es como el fuego, y salen de su mano rayos de luz; y alii mismo está el escondedero de su poder”. Habacuc 3:4 (VM). En sus manos, y su costado heridos, de donde mano la corriente purpurina que reconcilio al hombre con Dios, alii esta la gloria del Salvador, “allí mismo está el escondedero de su poder”. “Poderoso para salvar” por el sacrificio de la redención, fue por consiguiente fuerte para ejecutar la justicia para con aquellos que despreciaron la misericordia de Dios. Y las marcas de su humillación son su mayor honor; a través de las edades eternas, las llagas del Calvario proclamaran su alabanza y declararan su poder (El conflicto de los siglos, p. 653).
Este gran sacrificio no fue hecho para crear amor en el corazón del Padre hacia el hombre, ni para moverle a salvarnos. íNo! íNo! “Porque de tal manera amo Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito” (Juan 3:16). Si el Padre nos ama no es a causa de la gran propiciación, sino que el proveyó la propiciación porque nos ama. Cristo fue el medio por el cual el Padre pudo derramar su amor infinito sobre un mundo caído.
“Dios estaba en Cristo, reconciliando consigo mismo al mundo” (2 Corintios 5:19). Dios sufrió con su Hijo. En la agonía del Getsemaní, en la muerte del Calvario, el corazón del Amor infinito pago el precio
de nuestra redención (El camino a Cristo, p. 12).

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NOTAS DE ELENA
LECCIÓN DE ESCUELA SABÁTICA

II TRIMESTRE DEL 2017
Narrado por: Patty Cuyan
Desde: California, USA
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