Notas de Elena | 4 de Julio del 2017 | El evangelio de Pablo | Escuela Sabática

EL EVANGELIO DE PABLO
Todo lo debemos a la gratuita gracia de Dios… No porque primero lo amaramos a él, Dios nos amó a nosotros, sino que “cuando aún éramos débiles” Cristo murió por nosotros… Aunque por nuestra desobediencia merecíamos el desagrado y condenación de Dios, sin embargo no nos ha abandonado dejándonos luchar con el poder del enemigo. Ángeles celestiales riñen nuestras batallas por nosotros, y cooperando con ellos podemos ser victoriosos sobre los poderes del mal.
Si no hubiéramos caído, nunca hubiéramos aprendido el significado de esta palabra “gracia”. Dios ama a los ángeles que no pecaron, que realizan su servicio y son obedientes a todas sus órdenes, pero no les proporciona gratia a ellos. Esos seres celestiales no saben nada de gracia, nunca la han necesitado, pues nunca han pecado. La gracia es un atributo de Dios mostrado a seres humanos indignos. Por nosotros mismos no la buscamos, sino fue enviada en nuestra búsqueda. Dios se regocija en conferir su gracia a todos los que la anhelan, no porque son dignos, sino porque son completamente indignos. Nuestra necesidad es la característica que nos da la seguridad de que recibiremos este don.
La reserva de la gracia de Dios está esperando la demanda de cada alma enferma de pecado. Curara toda enfermedad espiritual.
Mediante ella, los corazones pueden ser limpiados de toda contaminación. Es el remedio evangélico para todo el que cree (En los lugares celestiales, p. 36).
Cuando la gracia de Cristo se implanta en el alma mediante el Espíritu Santo, el que la posee se volverá humilde en espíritu y procurara asociarse con aquellos cuya conversación versa sobre temas celestiales. Entonces el Espíritu tomara las cosas de Cristo y nos las mostrara y glorificara, no al receptor, sino al Dador. Por lo tanto, si tú tienes la sagrada paz de Cristo en tu corazón, tus labios se llenaran de alabanza y gratitud a Dios. Tus oraciones, el cumplimiento de tu deber, tu benevolencia, tu abnegación, no serán el tema de tu pensamiento o conversación, sino que magnificaras a Aquel que se dio a si mismo por ti cuando aún eras pecador (Fe y obras, p. 89).
Cristo es el “Príncipe de paz”, y su misión es devolver al cielo y a la tierra la paz destruida por el pecado. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Romanos 5:1). Quien consienta en renunciar al pecado y abra el corazón al amor de Cristo participará de esta paz celestial.
No hay otro fundamento para la paz. La gracia de Cristo, aceptada en el corazón, vence la enemistad, apacigua la lucha y llena el alma de amor. El que está en armonía con Dios y con su prójimo no sabrá lo que es la desdicha. No habrá envidia en su corazón ni su imaginación albergara el mal; alii no podrá existir el odio. El corazón que está de acuerdo con Dios participa de la paz del cielo y esparcirá a su alrededor una influencia bendita. El espíritu de paz se asentara como rocío sobre los corazones cansados y turbados por la lucha del mundo.
Los seguidores de Cristo son enviados al mundo con el mensaje de paz. Quienquiera que revele el amor de Cristo por la influencia inconsciente y silenciosa de una vida santa; quienquiera que incite a los demás, por palabra o por hechos, a renunciar al pecado y entregarse a Dios, es un pacificador (El discurso maestro de Jesucristo, pp. 27, 28).

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NOTAS DE ELENA
LECCIÓN DE ESCUELA SABÁTICA

III TRIMESTRE DEL 2017
Narrado por: Patty Cuyan
Desde: California, USA
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