Domingo 10 de agosto: Cómo vivió Jesús
Jesús, precioso Salvador, nunca parecía cansarse de las impertinencias de las almas enfermas de pecado y de los enfermos de toda suerte de dolencias. “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos” (S. Marcos 6:34). Esto significaba mucho para los dolientes. El identificó sus intereses con los de ellos. Compartió sus cargas. Sintió sus temores. Tenía una anhelante compasión que era dolor para el corazón de Cristo.
Oh, qué amor, qué amor incomparable. Se volvió uno con nosotros para poder participar con la humanidad en todas sus vicisitudes […].
Redención, oh cuánto implica esta palabra. Todos los que consientan en ser redimidos son elevados y santificados, redimidos por Jesucristo de toda vulgaridad y mundanalidad y se los capacita para cooperar con Dios en la gran obra de la salvación. Jesús aceptó a la humanidad y reveló en su propia vida y carácter lo que el hombre puede ser, aun cuando en la providencia de Dios, sea colocado en las más pobres circunstancias de la vida. No tenía ni un centavo para pagar el tributo demandado, y obró un milagro para obtener esa pequeña suma.
Jesús, precioso Salvador, no tenía hogar y con frecuencia padecía hambre, no tenía dónde reclinar la cabeza. Con frecuencia estaba cansado. La humanidad es honrada porque Jesús asumió la humanidad para revelar al mundo lo que puede llegar a ser ella. Puede traer a la luz la vida y la inmortalidad, llenar con luz los propósitos más comunes y humildes de la vida. Jesús se inclina sobre nosotros y escudriña nuestro carácter para ver si su propio carácter se refleja en nosotros (A fin de conocerle, p. 49).
Cristo realizó milagro tras milagro cuando estuvo en esta tierra.
Por medio de esta obra manifestó lo que Dios puede hacer por los cuerpos y almas afligidos […]. Constantemente sirvió a los demás, aprovechando toda oportunidad que se le ofrecía.
Aun en su infancia dirigió palabras de consuelo y ternura a jóvenes y ancianos […]. Fue un ejemplo de lo que los niños debieran tratar de ser […]. En sus palabras y sus actos manifestó tierna simpatía por todos. Su compañerismo era un bálsamo curativo y suavizante para el descorazonado y deprimido.
Poseía una paciencia que nada podía vencer, y una veracidad de la cual nadie podía apartarlo. Sus manos y sus pies voluntarios siempre estaban listos para servir a los demás y alivianar las cargas de sus padres.
En todo nuestro derredor se oye el llanto de un mundo afligido.
Por todos lados hay menesterosos y angustiados. Nos incumbe aliviar y suavizar las asperezas y miserias de la vida. Solo el amor de Cristo puede satisfacer las necesidades del alma. Si Cristo mora en nosotros, nuestro corazón rebosará de simpatía divina. Se abrirán los manantiales sellados de un amor ferviente como el de Cristo.
Son muchos los que han quedado sin esperanza. Devolvámosles la alegría. Muchos se han desanimado […]. Roguemos por estas almas. Llevémoslas a Jesús. Digámosles que en Galaad hay bálsamo y Médico (Hijos e hijas de Dios, p. 153).

http://escuelasabatica.es/

(353)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*