Notas de Elena | Domingo 13 de agosto 2017 | Nuestra condición en Cristo | Escuela Sabática

Domingo 13 de agosto: Nuestra condición en Cristo
Salgan de en medio de ellos, y apártense, dice el Señor, y yo los recibiré, y serán hijos e hijas del Señor Todopoderoso. ¡Qué promesa es ésta! Es una garantía de que lleguen a ser miembros de la familia real, herederos del reino celestial. Si una persona recibiera honores de algún monarca de la tierra, o se conectara con él, la noticia pasaría a todos los periódicos del día y despertaría la envidia de los que se consideran menos afortunados. Pero hay Uno que es Rey sobre todos, el Monarca del universo, el Origen de todo lo bueno; y él nos dice: Los haré mis hijos e hijas; los uniré a mí mismo; llegarán a ser miembros de la familia real e hijos del Rey celestial (Testimonios para la iglesia, t. 2, p. 524).
Al considerar el inspirado apóstol Juan la “altura,” la “profundidad” y la “anchura” del amor del Padre hacia la raza que perecía, se llena de alabanzas y reverencia, y no pudiendo encontrar lenguaje adecuado con que expresar la grandeza y ternura de ese amor, exhorta al mundo a contemplarlo. “¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, que seamos llamados hijos de Dios!” (1 Juan 3:1). ¡Cuán valioso hace esto al hombre! Por la transgresión, los hijos de los hombres son hechos súbditos de Satanás. Por la fe en el sacrificio expiatorio de Cristo, los hijos de Adán pueden llegar a ser hijos de Dios. Al revestirse de la naturaleza humana, Cristo eleva a la humanidad. Al vincularse con Cristo, los hombres caídos son colocados donde pueden llegar a ser en verdad dignos del título de “hijos de Dios”.
Tal amor es incomparable. ¡Que podamos ser hijos del Rey celestial! ¡Promesa preciosa! ¡Tema digno de la más profunda meditación! ¡Incomparable amor de Dios para con un mundo que no le amaba! Este pensamiento ejerce un poder subyugador que somete el entendimiento a la voluntad de Dios. Cuanto más estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, mejor vemos la misericordia, la ternura y el perdón unidos a la equidad y la justicia, y más claramente discernimos las pruebas innumerables de un amor infinito y de una tierna piedad que sobrepuja la ardiente simpatía y los anhelosos sentimientos de la madre para con su hijo extraviado (El camino a Cristo, p. 15).
Por el bautismo se renuncia muy solemnemente al mundo. Los que son bautizados en el triple nombre, Padre, Hijo y Espíritu Santo, al comienzo mismo de su vida cristiana, declaran públicamente que han abandonado el servicio de Satán y que han llegado a ser miembros de la familia real, hijos del Rey Celestial. Han obedecido la orden: “Salid de en medio de ellos, y apartaos… y no toquéis lo inmundo”. Y para ellos se cumple la promesa: “Y seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso” (2 Corintios 6:17, 18) (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 97).

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