Notas de Elena | Domingo 15 de enero 2017 | El Espíritu Santo y Dios | Escuela Sabática


Domingo 15 de enero: El Espíritu Santo y Dios
Más tarde, Ananías y Safíra agraviaron al Espíritu Santo cediendo a sentimientos de codicia. Empezaron a lamentar su promesa, y pronto perdieron la dulce influencia de la bendición que había encendido sus corazones con el deseo de hacer grandes cosas en favor de la causa de Cristo. Pensaban que habían sido demasiado apresurados, que debían considerar nuevamente su decisión. Discutieron el asunto, y decidieron no cumplir su voto. Notaron, sin embargo, que aquellos que se despojaban de sus posesiones a fin de suplir las necesidades de sus hermanos más pobres, eran tenidos en alta estima entre los creyentes; y sintiendo vergüenza de que sus hermanos supieran que sus almas egoístas les hacían dar de mala gana lo que habían dedicado solemnemente a Dios, decidieron deliberadamente vender la propiedad, y pretender dar todo el producto al fondo general, cuando en realidad se guardarían una buena parte para sí mismos. Así se asegurarían el derecho de vivir del fondo común, y al mismo tiempo ganarían alta estima entre sus hermanos. Pero Dios odia la hipocresía y la falsedad. Ananías y Safira practicaron el fraude en su trato con Dios; mintieron al Espíritu Santo, y su pecado fue castigado con un juicio rápido y terrible (Los hechos de los apóstoles, pp. 59, 60).
Aquellos que han hecho promesas para posibilitar el avance de la obra de Dios no deben arrepentirse de sus votos y retener para sí lo que prometieron. Quienes asumen la responsabilidad de anular una promesa que ha sido hecha a Dios están haciendo algo de lo cual no querrán dar cuenta en el día del ajuste final. Debiera rechazarse el asesoramiento de los hombres que en este tiempo aconsejan retener los medios de la causa de Dios para invertirlos en otras empresas, porque el Señor les dice: “Haceos tesoros en el cielo”. “Invertid vuestros medios para hacer avanzar mi obra para abrir nuevos campos, de tal forma que la luz de la verdad presente pueda brillar en todas partes del mundo” (Alza tus ojos, p. 90).
La sabiduría infinita vio que esta manifestación señalada de la ira de Dios era necesaria para impedir que la joven iglesia se desmoralizara. El número de sus miembros aumentaba rápidamente. La iglesia se vería en peligro si, en el rápido aumento de conversos, se añadían hombres y mujeres que, mientras profesaban servir a Dios, adoraban a Mammón. Este castigo testificó que los hombres no pueden engañar a Dios, que él descubre el pecado oculto del corazón, y que no puede ser burlado. Estaba destinado a ser para la iglesia una advertencia que la indujese a evitar la falsedad y la hipocresía, y a precaverse contra el robar a Dios. Este ejemplo del aborrecimiento de Dios por la codicia, el fraude y la hipocresía, no fue dado como señal de peligro solamente para la iglesia primitiva, sino para todas las generaciones futuras. Era codicia lo que Ananías y Safira habían acariciado primeramente. El deseo de retener para sí mismos una parte de lo que habían prometido al Señor, los llevó al fraude y la hipocresía (Los hechos de los apóstoles, pp. 60, 61).
Cristo anhelaba estar en una situación en que pudiera realizar la obra más importante con pocos medios y sencillos. El plan de redención es abarcante, sin embargo sus partes son pocas, y cada parte depende de las otras; pero todas obran juntas con máxima sencillez y completa armonía. Cristo es representado por el Espíritu Santo, y cuando el Espíritu es apreciado, cuando los que son gobernados por el Espíritu comunican a otros la energía de la cual están saturados, vibra una cuerda invisible que electriza todo el ser. ¡Ojalá todos pudieran entender cuán ilimitados son los recursos divinos! Jesús dice: “Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos”. La unión del Espíritu Santo y el testimonio del testigo viviente es la que amonestará al mundo. El obrero de Dios es el instrumento mediante el cual se da la comunicación celestial, y el Espíritu Santo da autoridad divina a la palabra de verdad (Comentarios de Elena G. de White, en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1053).

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