Domingo 15 de febrero: Todos somos iguales
Así como los diferentes miembros del organismo humano se unen para formar el cuerpo entero y cada uno cumple su parte obedeciendo a la inteligencia que gobierna el todo, de la misma manera los miembros de la iglesia de Cristo deben estar unidos en un cuerpo simétrico, sujeto a la inteligencia santificada del conjunto.
El progreso de la iglesia se retarda por la conducta errónea de sus miembros. El unirse con la iglesia, aunque es un acto importante y necesario, no lo hace a uno cristiano ni le asegura la salvación. No podemos asegurarnos el derecho al cielo por hacer registrar nuestro nombre en el libro de la iglesia mientras nuestro corazón quede enajenado de Cristo. Debemos ser sus fieles representantes en la tierra y trabajar al unísono con él. “Amados, ahora somos hijos de Dios” (1 Juan 3:2). Debemos tener presente esta santa relación y no hacer nada que deshonre la causa de nuestro Padre (Joyas de los testimonios, t. 1, p. 444).
Lo debemos todo a la gracia, gracia gratuita, gracia soberana. Gracia en el pacto ordenó nuestra adopción. Gracia en el Salvador efectuó nuestra redención, nuestra regeneración y nuestra adopción a la posición de herederos con Cristo (Dios nos cuida, p. 226).
Al creer plenamente que somos suyos por adopción, podremos tener un goce anticipado del cielo […]. Estamos cerca de él y podemos mantener una dulce comunión con él. Logramos vislumbres definidas de su ternura y compasión, y nuestros corazones se quebrantan y se ablandan al contemplar el amor que nos ha sido dado. Sentimos ciertamente que Cristo mora en el alma. Habitamos en él, y nos sentimos en casa con Jesús […]. Sentimos y comprendemos el amor de Dios, y reposamos en su amor. No hay lengua que pueda describirlo; está más allá del conocimiento. Somos uno con Cristo, nuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Tenemos la seguridad de que cuando él, que es nuestra vida, aparezca, nosotros también apareceremos con él en gloria. Con fuerte confianza podemos llamar a Dios nuestro Padre (La maravillosa gracia de Dios, p. 54).
Mientras más nos acerquemos a Jesús, y más claramente apreciemos la pureza de su carácter, más claramente discerniremos la excesiva pecaminosidad del pecado, y menos nos sentiremos inclinados a ensalzarnos a nosotros mismos. Aquellos a quienes el cielo reconoce como santos son los últimos en alardear de su bondad. El apóstol Pedro llegó a ser fiel ministro de Cristo, y fue grandemente honrado con la luz y el poder divinos; tuvo una parte activa en la formación de la iglesia de Cristo; pero Pedro nunca olvidó la terrible vicisitud de su humillación; su pecado fue perdonado; y sin embargo, él bien sabía que para la debilidad de carácter que había ocasionado su caída solo podía valer la gracia de Cristo. No encontraba en sí mismo nada de que gloriarse.
Ninguno de los apóstoles o profetas pretendió jamás estar sin pecado. Los hombres que han vivido más cerca de Dios, que han estado dispuestos a sacrificar la vida misma antes que cometer a sabiendas una acción mala, los hombres a los cuales Dios había honrado con luz y poder divinos, han confesado la pecaminosidad de su propia naturaleza. No han puesto su confianza en la carne, no han pretendido tener ninguna justicia propia, sino que han confiado plenamente en la justicia de Cristo. Así harán todos los que contemplen a Cristo (Palabras de vida del Gran Maestro, p. 124, 125).
http://escuelasabatica.es/

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Comentarios

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1 Comment

  • Paz de Cristo.
    Primero gracias a Dios y luego a ustedes por facilitarme el estudio de la Escuela Sabática, y así como a mi se que mucha gente se beneficia con los estudios de esta pagina, además nos da la oportunidad de escuchar diariamente la meditación con el Pr Robert Costa en el programa “Una mejor manera de vivir” Dios bendice su ministerio, y que cada día prospere mas en audiencia. Fraternalmente Ale de Falcon