Domingo 15 de marzo: ¿Quién crees que eres?
Los judíos habían sido llamados primero a la viña del Señor; y por causa de eso eran orgullosos y justos en su propia opinión. Consideraban que sus largos años de servicio los hacía merecedores de una recompensa mayor que los demás. Nada los exasperaba más que una insinuación de que los gentiles habían de ser admitidos con iguales privilegios que ellos en las cosas de Dios.
Cristo amonestó a los discípulos que fueron llamados en primer término a seguirle, a que no se acariciase entre ellos el mismo mal. Él vio que un espíritu de justicia propia sería la debilidad y la maldición de la iglesia. Los hombres pensarían que podrían hacer algo para ganar un lugar en el reino de los cielos. Se imaginarían que cuando hubieran hecho cierto progreso, el Señor les ayudaría. Así habría abundancia del yo y poco de Jesús. Muchas personas que hubieran hecho un poco de progreso se envanecerían, y se pensarían superiores a los demás.
Estarían ansiosas de ser aduladas, y manifestarían celo si no se las considerase más importantes que a otros. Cristo trata de guardar a sus discípulos de este peligro (Palabras de vida de! Gran Maestro, pp. 330, 331).
Toda ambición humana, toda jactancia, ha de echarse por tierra. El yo, el yo pecaminoso, debe ser abatido y no exaltado. Por medio de la piedad en la vida diaria debemos revelar a Cristo a cuantos nos rodean. La corrupta naturaleza humana ha de subyugarse y no exaltarse. Únicamente así seremos puros y limpios. Debemos ser hombres y mujeres humildes y fieles. Nunca debemos sentarnos en el tribunal como jueces. Dios manda que sus representantes sean puros y santos, que revelen la hermosura de la santidad. El conducto debe mantenerse despejado para que el Espíritu Santo pueda obrar libremente (Testimonios para la iglesia, t. 8, p. 245).
[El fariseo]… juzga su carácter, comparándolo, no con el santo carácter de Dios, sino con el de otros hombres. Su mente se vuelve de Dios a la humanidad. Este es el secreto de su satisfacción propia…
… La religión del fariseo no alcanza al alma. No está buscando la semejanza del carácter divino, un corazón lleno de amor y misericordia. Está satisfecho con una religión que tiene que ver solamente con la vida externa. Su justicia es la suya propia, el fruto de sus propias obras, y juzgada por una norma humana.
Cualquiera que confíe en que es justo, despreciará a los demás. Así como el fariseo se juzga comparándose con los demás hombres, juzga a otros comparándolos consigo. Su justicia es valorada por la de ellos, y cuanto peores sean, tanto más justo aparecerá él por contraste. Su justicia propia lo induce a acusar. Condena a “los otros hombres” como transgresores de la ley de Dios. Así está manifestando el mismo espíritu de Satanás, el acusador de los hermanos. Con este espíritu le es imposible ponerse en comunión con Dios.
Vuelve a su casa desprovisto de la bendición divina (Palabras de vida del Gran Maestro, pp. 116, 117).
Pedro cayó porque no conocía su propia fragilidad. Creyó que era fuerte…
Si Pedro hubiera caminado humildemente con Dios, y ocultado el yo en Cristo; si hubiera buscado fervientemente la ayuda divina; si hubiera sido menos confiado en sí mismo; si hubiera recibido la instrucción del Señor y la hubiera puesto en práctica, habría velado en oración, y habría obrado su propia salvación con temor y temblor. Si se hubiera examinado íntimamente a sí mismo, el Señor le habría dado ayuda divina, y no hubiera habido necesidad de que el Señor lo zarandeara… No hay poder en toda la fuera satánica que pueda incapacitar al alma que confía, en sencilla confianza, en la sabiduría que procede de Dios (Hijos e hijas de Dios, p. 93).

(257)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*