Domingo 18 de enero: La sabiduría clama
¡Sí! ¡Nosotros podemos llegar a conocer a Dios! Es un conocimiento que no se puede expresar por medio del lenguaje. ¿Qué palabras podríamos encontrar para expresar la convicción que nos embarga cuando Cristo revela su presencia con nosotros y nuestros corazones son subyugados y suavizados por su poder? Tal conocimiento no se puede expresar con palabras; no podemos explicarlo, y sin embargo sabemos que lo poseemos. Los que en verdad tienen un conocimiento de Dios trabajarán con Cristo para alcanzar el ideal que él tiene para ellos. Cada hombre y cada mujer ha recibido esa tarea.
Cristo invita a todos a reflexionar. Haced cálculos honrados. Poned en un platillo de la balanza a Jesús, que significa tesoro eterno, vida, verdad, cielo, y gozo de Cristo en las almas redimidas; poned en el otro todas las atracciones que el mundo pueda ofrecer. En un platillo de la balanza poned la pérdida de vuestra propia alma y de las almas de aquellos para cuya salvación podríais haber sido un instrumento; en el otro, para vosotros y para ellos, una vida que se mide con la vida de Dios. Pesad para el tiempo y la eternidad. Mientras estáis así ocupados, Cristo habla: “¿Qué aprovecha al hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?”
Dios desea que escojamos lo celestial en vez de lo terrenal. Nos presenta las posibilidades de una inversión celestial. Quisiera estimular nuestros más elevados blancos, asegurar nuestro más selecto tesoro. Declara: “Haré más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre”. Cuando hayan sido arrasadas las riquezas que la polilla devora y el orín corrompe, los seguidores de Cristo podrán regocijarse en su tesoro celestial, las riquezas imperecederas (Mensajes para los jóvenes, pp. 127, 128).
En todas las épocas la curiosidad de los hombres los ha llevado a buscar el árbol del conocimiento; a menudo creen que están juntando frutos de la mayor utilidad cuando como en el caso de Salomón, hallan que todo es vanidad e insignificancia en comparación con la ciencia de la verdadera santidad que les abrirá las puertas de la ciudad de Dios (Conflicto y valor, p. 17).
No basta poseer un conocimiento intelectual de la verdad… La palabra debe penetrar en nuestro corazón. Debe arraigarse en nosotros mediante el poder del Espíritu Santo. La voluntad debe ser puesta en armonía con sus requerimientos. No solo el intelecto sino el corazón y la conciencia deben concurrir en la aceptación de la verdad.
La Palabra de Dios da entendimiento a las gentes sencillas, a los que no han aprendido la sabiduría del mundo. El Espíritu Santo hace comprender las verdades salvadoras de las Escrituras a todos los que desean conocer y realizar la voluntad de Dios…
Necesitamos sobre todo otro conocimiento, el conocimiento proporcionado por la Palabra de Dios. Necesitamos saber qué debemos hacer en este tiempo para escapar de las trampas satánicas y ganar la corona de gloria (Afín de conocerle, p. 194).
http://escuelasabatica.es/

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