Notas de Elena | Domingo 18 de febrero 2018 | Juntos financiamos la misión | Escuela Sabática

Domingo 18 de febrero: Juntos financiamos la misión
El sistema de diezmo se remonta más allá de los días de Moisés. Se requería que se presentaran ofrendas a Dios con propósitos religiosos aun antes de habérsele dado a Moisés detalladamente el plan del diezmo; éste se remonta a los de Adán. En cumplimiento de los requisitos de Dios, mediante ofrendas se había de manifestar aprecio por las misericordias y bendiciones divinas. Las generaciones subsiguientes hicieron lo mismo, y el plan fue practicado por Abrahán, quien dio diezmos a Melquisedec, el sacerdote del Dios altísimo. El mismo principio existía en los días de Job (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 1, p. 1107).
Dios ha dispuesto que la proclamación del evangelio dependa de las labores y dádivas de su pueblo. Las ofrendas voluntarias y el diezmo constituyen los ingresos de la obra del Señor. De los medios confiados al hombre, Dios reclama cierta porción: la décima parte. Los deja libres a todos de decir si han de dar o no más que esto. Pero cuando el corazón se conmueve por la influencia del Espíritu Santo, y se hace un voto de dar cierta cantidad, el que ha hecho el voto no tiene ya ningún derecho a la porción consagrada. Las promesas de esta clase hechas a los hombres serían consideradas como obligación; ¿y no son más obligatorias las que se hacen a Dios? ¿Son las promesas consideradas en el tribunal de la conciencia menos obligatorias que los acuerdos escritos de los hombres? (Los hechos de los apóstoles, p. 61).
“A cualquiera que fue dado mucho —declaró el Salvador—, mucho será vuelto a demandar de él”. Lucas 12:48. La liberalidad que se requería de los hebreos era en gran parte para beneficio de su propia nación; hoy la obra de Dios abarca toda la tierra. Cristo confió los tesoros del evangelio a las manos de sus seguidores, y les impuso la responsabilidad de dar las alegres nuevas de la salvación al mundo.
Nuestras obligaciones son por cierto mucho mayores que las del antiguo Israel…
Aquel cuyo corazón refulge con el amor de Cristo considerará no solamente como un deber, sino como un placer, ayudar en el avance de la obra más elevada y más santa encomendada al hombre: la de presentar al mundo las riquezas de la bondad, la misericordia y la verdad (Los hechos de los apóstoles, p. 272).
Juan en el Apocalipsis predice la proclamación del mensaje evangélico precisamente antes de la segunda venida de Cristo. El contempla a un “ángel volar por en medio del cielo, que tenía el evangelio eterno para predicarlo a todos los que moran en la tierra, y a toda nación y tribu y lengua y pueblo, diciendo en alta voz: Temed a Dios, y dadle honra; porque la hora de su juicio es venida” Apocalipsis 14:6, 7…
La invitación del evangelio ha de ser dada a todo el mundo… El último mensaje de amonestación y misericordia ha de iluminar el mundo entero con su gloria. Ha de llegar a toda clase de personas, ricas y pobres, encumbradas y humildes. “Ve por los caminos y por los vallados —dice Cristo—, y fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa” (Palabras de vida del gran Maestro, pp. 179, 180).
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Notas de Elena G. de White
Lección 8: Para el 24 de febrero de 2018
El impacto de diezmar
Escuela Sabática – Primer trimestre 2018
Mayordomía: Las motivaciones del corazón

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