Domingo 2 de noviembre: Una fe muerta
En su ministerio, el Señor continuamente realizaba actos de amor, y cada obrero del evangelio debe hacer lo mismo. El nos ha designado como sus embajadores para llevar adelante su obra en el mundo. A cada verdadero y abnegado servidor se le da la comisión: “Id por todo el, mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:15).
Lean cuidadosamente la instrucción dada en el Nuevo Testamento. La obra que hizo el gran Maestro en relación con sus discípulos es el ejemplo que hemos de seguir en nuestra obra médico-misionera. Pero, ¿hemos seguido este ejemplo? Las buenas nuevas de la salvación han de ser proclamadas en cada aldea, pueblo y ciudad. Pero, ¿dónde están los misioneros? Pregunto en el nombre de Dios, ¿dónde están los colaboradores de Dios? Solo mediante un interés generoso en los que tienen necesidad de ayuda es como podremos dar una demostración práctica de las verdades del evangelio. “Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha? Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:15, 16). “Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor” (1 Corintios 13:13).
La predicación del evangelio es mucho más que un mero sermoneo. El ignorante debe ser iluminado; el desanimado, levantado; el enfermo, sanado. La voz humana ha de hacer su parte en la obra de Dios. Las palabras de ternura, simpatía y amor darán testimonio de la verdad. Oraciones fervientes y de corazón atraerán a los ángeles.
La evangelización del mundo es la obra que Dios ha dado a quienes salen en su nombre. Tienen que ser colaboradores con Cristo, revelando su tierno y compasivo amor en favor de los que están por perecer (Recibiréis poder, p. 245).
Por favor, leed Isaías 58: …Esta es la obra especial que ahora está delante de nosotros. Todas nuestras oraciones y ayunos no valdrán nada a menos que resolvamos asimos de esta obra. Sobre nosotros descansan sagradas obligaciones. Nuestro deber está claramente establecido. El Señor nos ha hablado por medio de su profeta…
Se describe el ayuno que Dios acepta. Es el compartir nuestro pan con el hambriento y a los pobres errantes traerlos a casa. No esperar que ellos vengan hacia nosotros. Prosiguen incansablemente en vuestra búsqueda y os suplican que les proporcionéis un hogar. Vosotros debéis buscarlos y traerlos a vuestro hogar. Debéis extender vuestra alma tras ellos. Debéis alcanzarlos con una mano y por fe sostenerlos con el poderoso brazo que brinda salvación, mientras con la otra mano del amor rescatáis al oprimido y lo socorréis…
Si os empeñáis en esta obra de misericordia y amor, ¿os resultará demasiado dura? ¿Podréis fallar y ser aplastados bajo el peso, y vuestra familia ser privada de vuestro sostén e influencia? ¡Oh, no! Dios ha quitado cuidadosamente todas las dudas en cuanto a esto con una promesa a vosotros bajo la condición de vuestra obediencia. Esta promesa abarca todo lo más exigente que se pueda pedir: “Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salud se dejará ver presto”. Solamente creed que es fiel el que lo ha prometido (El ministerio de la bondad, pp. 33-35).
Todo descuido de los necesitados y afligidos es un descuido del deber hacia Cristo en la persona de sus santos. Cuando Dios repase el caso de cada uno, no se formulará la pregunta: ¿Qué creían? sino: ¿Qué han hecho? ¿Han sido obradores de la palabra? ¿Han vivido para sí mismos? ¿O bien realizaron obras de benevolencia, de bondad y amor, prefiriendo a los otros antes que a sí mismos, y negándose a sí mismos para ayudar a los demás? Si las anotaciones muestran que ésta ha sido su vida, que sus caracteres están señalados por la ternura, la abnegación y la benevolencia, recibirán esta bendición de Cristo: “Bien hecho”. “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo” (Mateo 25:23, 34)…
Nuestra fortaleza y bendición espirituales estarán en proporción con el trabajo hecho con amor y con las buenas obras realizadas. El apóstol ordena: “Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2).
http://escuelasabatica.es/

(202)

DEJA UN COMENTARIO

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*