Domingo 20 de abril: “Ni una jota ni una tilde”
“No he venido para abrogar [la ley], sino para cumplir” (S. Mateo 5:17).
Fue Cristo quien, en medio del trueno y el fuego, proclamó la ley en el monte Sinaí. Como llama devoradora, la gloria de Dios descendió sobre la cumbre y la montaña tembló por la presencia del Señor. Las huestes de Israel, prosternadas sobre la tierra, habían escuchado, presas de pavor, los preceptos sagrados de la ley…
Cuando se dictó la ley, Israel, degradado por los muchos años de servidumbre en Egipto, necesitaba ser impresionado por el poder y la majestad de Dios. No obstante, él se le reveló también como Dios amoroso…
La ley dada en el Sinaí era la enunciación del principio de amor, una revelación hecha a la Tierra de la ley de los cielos. Fue decretada por la mano de un Mediador, y promulgada por Aquel cuyo poder haría posible que los corazones de los hombres armonizaran con sus principios. Dios había revelado el propósito de la ley al declarar a Israel: “Y me seréis varones santos” (Éxodo 22: 3 1).
Pero Israel no había percibido la espiritualidad de la ley, y demasiadas veces su obediencia profesa era tan solo una sumisión a ritos y ceremonias, más bien que una entrega del corazón a la soberanía del amor. Cuando en su carácter y obra Jesús representó ante los hombres los atributos santos, benévolos y paternales de Dios y les hizo ver cuán inútil era la mera obediencia minuciosa a las ceremonias, los dirigentes judíos no recibieron ni comprendieron sus palabras. Creyeron que no recalcaba lo suficiente los requerimientos de la ley; y cuando les presentó las mismas verdades que eran la esencia del servicio que Dios les asignara, ellos, que miraban solamente lo exterior, lo acusaron de querer derrocar la ley…
El Salvador no dijo una sola palabra que pudiera turbar la fe en la religión ni en las instituciones establecidas por medio de Moisés; porque todo rayo de luz divino que el gran caudillo de Israel comunicó a su pueblo lo había recibido de Cristo.
Mientras muchos murmuraban en sus corazones que él había venido para destruir la ley, Jesús, en términos inequívocos, reveló su actitud hacia los estatutos divinos: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas” (El discurso maestro de Jesucristo, p. 43-45).
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