Notas de Elena | Domingo 20 de agosto 2017 | El corazón de Pablo | Escuela Sabática

Domingo 20 de agosto: El corazón de Pablo
[El] hombre no puede transformarse a sí mismo por el ejercicio de su voluntad. No posee el poder capaz de obrar este cambio… la gracia de Dios debe ser recibida por el pecador antes que pueda ser hecho apto para el reino de gloria. Toda la cultura y la educación que el mundo puede dar, no podrán convertir a una criatura degradada por el pecado en un hijo del cielo. La energía renovadora debe venir de Dios. El cambio puede ser efectuado solo por el Espíritu Santo (Palabras de vida del gran Maestro, p. 69).
Pero se chasquearán los que esperan contemplar un cambio mágico en su carácter sin que haya un esfuerzo decidido de su parte para vencer el pecado. Mientras contemplemos a Jesús, no tendremos razón para temer, no tendremos razón para dudar que Cristo es capaz de salvar hasta lo último a todos los que acuden a él. Pero podemos temer constantemente, para que nuestra vieja naturaleza no gane otra vez la supremacía, no sea que el enemigo invente alguna trampa por la cual seamos otra vez sus cautivos. Hemos de ocupamos de nuestra salvación con temor y temblor, pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el hacer su buena voluntad. Con nuestras facultades limitadas, hemos de ser tan santos en nuestra esfera como Dios es santo en la suya. Hasta donde alcance nuestra capacidad, hemos de manifestar la verdad, el amor y la excelencia del carácter divino. Así como la cera recibe la impresión del sello, así el alma ha de recibir la impresión del Espíritu de Dios y ha de retener la imagen de Cristo.
Hemos de crecer diariamente en belleza espiritual. Fracasaremos con frecuencia en nuestros esfuerzos de imitar el modelo divino.
Con frecuencia tendremos que postramos para llorar a los pies de Jesús debido a nuestras faltas y errores, pero no hemos de desanimamos. Hemos de orar más fervientemente, creer más plenamente y tratar otra vez, con mayor firmeza, de crecer a la semejanza de nuestro Señor. Al desconfiar de nuestro propio poder, confiaremos en el poder de nuestro Redentor y daremos alabanza al Señor, quien es la salud de nuestro rostro y nuestro Dios (Mensajes selectos, t.1, pp. 394, 395).
La promesa de Dios es: “Me buscaréis y me hallaréis cuando me buscareis de todo vuestro corazón” (Jeremías 29:13).
Debemos dar a Dios todo el corazón, o no se realizará el cambio que se ha de efectuar en nosotros, por el cual hemos de ser transformados conforme a la semejanza divina. Por naturaleza estamos ene-mistados con Dios. El Espíritu Santo describe nuestra condición en palabras como éstas: “Muertos en las transgresiones y los pecados,” (Efesios 2:1). “la cabeza toda está ya enferma, el corazón todo des-fallecido,” “no queda ya en él cosa sana” (Isaías 1:5, 6). Nos sujetan firmemente los lazos de Satanás, “por el cual” hemos “sido apresa-dos, para hacer su voluntad” (2 Timoteo 2:26). Dios quiere sanamos y libertamos. Pero como esto exige una transformación completa y la renovación de toda nuestra naturaleza, debemos entregamos a él completamente (El camino a Cristo, p. 43).

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