Notas de Elena | Domingo 21 de agosto 2016 | Interrupciones al ministrar | Escuela Sabática


Domingo 21 de agosto: Interrupciones al ministrar
Solo Cristo pudo llevar las aflicciones de muchos. “En toda angustia de ellos el fue angustiado” (Isaías 63:9). Nunca provocó una enfermedad a su propia carne, pero llevó las enfermedades ajenas. Con la más tierna simpatía contemplaba a los dolientes que lo rodeaban. Gimió en espíritu cuando vio la obra de Satanás revelada en toda su maldad, e hizo suyo cada caso de necesidad y dolor… El poder del amor estuvo en toda su curación. Identificó sus intereses con los de la humanidad doliente (A fin de conocerles p. 50).
Mientras enseñaba y sanaba, todas las energías de su mente y su cuerpo eran esforzadas hasta el límite; no obstante notaba las cosas más sencillas de la vida y la naturaleza. Sus lecciones más instructivas fueron aquellas en las cuales, mediante las cosas sencillas de la naturaleza, ilustró las grandes verdades del reino de Dios. No pasó por alto las necesidades del más humilde de sus siervos. Su oído oía cada clamor de necesidad. Estaba atento al toque de la mujer enferma aun en medio de la multitud; el más leve toque de fe obtuvo respuesta. Cuando resucitó de la muerte a la hija de Jairo, recordó a los padres que debían darle algo de comer. Cuando por su propio gran poder resucito de la tumba, no desdeñó doblar y colocar cuidadosamente en su debido lugar los lienzos en los cuales se lo había envuelto.
La obra a la cual somos llamados como cristianos, es la de cooperar con Cristo en la salvación de las almas. Para hacer esta obra hemos hecho pacto con él. Descuidar la obra es ser desleales a Cristo. Pero a fin de realizar esta obra, debemos seguir su ejemplo de fiel y concienzuda atención a las cosas pequeñas. Este es el secreto del éxito en todo ramo de esfuerzo e influencia cristianos (Palabras de vida del gran Maestro, p. 292).
El Hijo de Dios se había entregado a la voluntad del Padre y dependía de su poder. Tan completamente había anonadado Cristo al yo que no hacía planes por sí mismo. Aceptaba los planes de Dios para él, y día tras día el Padre se los revelaba. De tal manera debemos depender de Dios que nuestra vida sea el simple desarrollo de su voluntad (El Deseado de todas las gentes, pp. 178, 179).
Nuestros planes no son siempre los de Dios. Puede suceder que él vea que lo mejor para nosotros y para su causa consiste en desechar nuestras mejores intenciones, como en el caso de David. Pero podemos estar seguros de que bendecirá y empleará en el adelanto de su causa a quienes se dediquen sinceramente, con todo lo que tienen, a la gloria de Dios. Si él ve que es mejor no acceder a los deseos de sus siervos, compensará su negativa concediéndoles señales de su amor y encomendándoles otro servicio (El ministerio de curación, p. 375).
Notas de Elena G. de White para la Escuela Sabática | Lección 9 | Jesús las ministraba en sus necesidades | El papel de la iglesia en la comunidad | Tercer trimestre 2016

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