Domingo 22 de junio: El reino de Dios
Fue en este punto donde Satanás pensó vencer a Cristo. Pensó que Cristo podía ser vencido fácilmente en su humanidad. “Le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré, si postrado me adorares” (S. Mateo 4:8, 9). Pero Cristo quedó inconmovible.
Sintió la fuerza de esa tentación, pero le hizo frente por nosotros y venció. Y usó solo las armas que razonablemente pueden usar los seres humanos: la Palabra de Aquel que es poderoso en consejo: “Escrito está” (S. Mateo 4:4,10).
¡Con qué intenso interés fue observada esta contienda por los ángeles celestiales y los mundos no caídos, mientras estaba siendo vindicado el honor de la ley! La controversia quedó definida para siempre, no solo para este mundo, sino para el universo del cielo. La confederación de las tinieblas también estaba alerta esperando una apariencia de oportunidad para triunfar sobre el Sustituto de la raza humana, divino y humano, a fin de que el apóstata pudiera exclamar: “Victoria” y el mundo y sus habitantes fueran su reino para siempre.
Pero Satanás llegó solo al talón; no pudo tocar la cabeza. A la muerte de Cristo, Satanás comprendió que había sido derrotado.
Vio que su verdadero carácter había sido revelado claramente a todo el cielo, y que los seres celestiales y los mundos que había creado Dios estarían plenamente de parte de Dios. Vio que quedarían definitivamente cortadas sus perspectivas de futura influencia sobre ellos. La humanidad de Cristo demostraría por los siglos eternos la cuestión que definía la controversia (Mensajes selectos, t. 1, p. 298, 299).
En el desierto, Cristo enfrentó las grandes tentaciones que asaltarían al hombre. Allí, con las manos desnudas, se encontró con el enemigo astuto y sutil y lo venció. La primera gran tentación fue dirigida hacia el apetito; la segunda, hacia la presunción; la tercera, hacia el amor al mundo. Los tronos y los reinos de este mundo y su gloria fueron ofrecidos a Cristo. Satanás llevó el honor mundanal, las riquezas y los placeres de la vida, y se los presentó bajo la luz más atrayente a fin de tentarlo y engañarlo.
“Todo esto te daré, si postrado me adorares”, le dijo. Sin embargo Cristo rechazó al astuto enemigo y salió victorioso.
Los hombres nunca serán probados por tentaciones tan poderosas como las que asaltaron a Cristo; y sin embargo Satanás consigue éxito al asediarlos. “Todo este dinero, esta ganancia, estas tierras, este poder, estos honores y riquezas, te daré”. ¿A cambio de qué? Pocas veces se establece la condición con tanta claridad como ocurrió con el caso de Cristo: “Si postrado me adorares”.
Se conforma con que se abandone la integridad y se adormezca la conciencia. Por medio de la dedicación a los intereses mundanales él recibe toda la honra que pide. La puerta es dejada abierta para que él entre cuando le plazca, con su estela de impaciencia, amor al yo, orgullo, avaricia y falta de honradez. El hombre es encantado y atraído traicioneramente hacia la ruina.
El ejemplo de Cristo está ante nosotros. Él venció a Satanás y nos mostró cómo nosotros también podemos vencerlo. Cristo resistió a Satanás mediante las Escrituras. Pudo haber echado mano de su propio poder divino, y haber empleado sus propias palabras; pero dijo: “Escrito está: No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (S. Mateo 4:4). Si los cristianos estudiaran y obedecieran las Sagradas Escrituras, recibirían poder para hacer frente a la tentación del astuto enemigo (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 221, 222).
http://escuelasabatica.es/

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