Domingo 22 de marzo: Un brindis “a la vida”

Nadab y Abiú, los hijos de Aarón que ministraban en el sagrado oficio del sacerdocio, se sirvieron vino en abundancia, y, como acos¬tumbraban, fueron a ministrar delante de Jehová. Los sacerdotes que quemaban incienso delante de Jehová tenían que usar el fuego del altar de Dios que ardía día y noche, y nunca se apagaba. Dios dio indicaciones explícitas acerca de la forma en que debía realizarse cada parte de su servicio para que todo lo que estuviera relacionado con su culto sagrado estuviese de acuerdo con su santo carácter. Toda desviación de las indicaciones expresas de Dios en relación con su sagrado ser¬vicio era pasible de muerte. Dios no aceptaría ningún sacrificio que no estuviese sazonado con la sal del fuego divino, que representaba la comunicación entre Dios y el hombre accesible solamente mediante Jesucristo. El fuego sagrado que debía ser puesto en el incensario era mantenido perpetuamente encendido, y mientras los hijos de Dios estaban afuera, orando fervientemente, el incienso alumbrado por el fuego sagrado habia de subir delante de Dios mezclado con sus oraciones. Este incienso era un emblema de la mediación de Cristo.
Los hijos de Aarón tomaron fuego común, que Dios no aceptaba, y ofrecieron un insulto al Dios infinito presentando este fuego extraño delante de él. Dios los consumió con fuego por su desprecio deliberado de sus expresas indicaciones. Todas sus obras eran como la ofrenda de Caín. No se representaba en ellas al divino Salvador. Si esos hijos de Aarón hubiesen tenido el dominio completo de sus facultades pensan¬tes, habrían discernido la diferencia entre el fuego común y el sagra¬do. La complacencia def apetito rebajó sus facultades y oscureció de tal forma su intelecto que se extinguió su facultad de discernimiento. Comprendían plenamente el carácter sagrado del servicio simbólico y la terrible solemnidad y responsabilidad que pesaba sobre ellos al pre¬sentarse delante de Dios para ministrar en el servicio sagrado.
Algunos podrán preguntar: ¿Cómo podían los hijos de Aarón ser tenidos por responsables cuando sus intelectos estaban tan paralizados por la embriaguez que no podían discernir la diferencia entre el fuego sagrado y el común? En el momento de llevar la copa a sus labios se hicieron responsables por lodos los actos que cometiesen bajo la influencia del vino. La complacencia del apetito les costó la vida a esos sacerdotes. Dios prohibió expresamente el uso del vino que influyera en la obnubilación del intelecto (La temperancia, pp. 39, 40).
La única forma en que alguien puede estar seguro contra el poder de la intemperancia es absteniéndose completamente de vino, cerveza y bebidas fuertes. Debemos enseñar a nuestros hijos que deben abando¬nar esas cosas a fin de ser varoniles. Dios nos ha mostrado lo que cons¬tituye la verdadera virilidad. El que vence será honrado y su nombre no será borrado del libro de la vida (Conducción del niño, pp. 377, 378).
En ninguna parte sanciona la Biblia el uso del vino fermentado. El vino que Cristo hizo con agua en las bodas de Caná era zumo puro de uva. Este es el “mosto” que se halla en el “racimo”, del cual dice la Escritura: “No lo desperdicies, que bendición hay en él” (Isaías 65:8).
Fue Cristo quien advirtió a Israel en el Antiguo Testamento: “El vino es escarnecedor, la cerveza alborotadora; y cualquiera que por ello errare no será sabio” (Proverbios 20:1). Cristo no suministró semejan¬te bebida. Satanás induce a ios hombres a dejarse JJevar por hábitos que anublan la razón y entorpecen las percepciones espirituales, pero Cristo nos enseña a dominar la naturaleza inferior. Nunca ofrece él a los hombres lo que podría ser una tentación para ellos. Su vida entera fue un ejemplo de abnegación. Para quebrantar el poder de los apetitos ayunó cuarenta días en el desierto, y en beneficio nuestro soportó la prueba más dura que la humanidad pudiera sufrir. Fue Cristo quien dispuso que Juan el Bautista no bebiese vino ni bebidas fuertes. Fue él quien impuso la misma abstinencia a la esposa de Manoa. Cristo no contradijo su propia enseñanza. El vino sin fermentar que suministró a los convidados de la boda era una bebida lunna y refrigerante (La tem¬perancia,, p. 86).

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