Domingo 23 de noviembre: ¿Críticas o discernimiento?

Si después que uno hizo lo mejor que podía según su criterio, otro cree advertir algún detalle donde podría haber mejorado el asunto, debe dar a su hermano con bondad y paciencia el beneficio de su juicio, pero no puede censurarlo ni poner en duda su integridad de propósito, como no quisiera él tampoco que se sospechara de él o se le censurara injustamente. Si el hermano que toma a pecho la causa de Dios ve que ha fracasado en sus fervorosos esfuerzos para obrar, se afligirá por ello; porque estará inclinado a recelar de sí mismo y a perder la confianza en su propio juicio. Nada debilitará tanto su valor piadoso como el darse cuenta de sus errores en la obra que Dios le señaló y que él ama más que su propia vida. Cuán injusto sería entonces que sus hermanos, al descubrir sus errores, hundieran más y más la espina en su corazón, intensificando su dolor y debilitando con cada golpe su fe y valor y su confianza en sí mismo para trabajar con éxito en la edificación de la causa de Dios.
Con frecuencia la verdad y los hechos deben ser presentados claramente a los que yerran para hacerles ver y sentir su error a fin de que se reformen. Pero esto debe hacerse siempre con ternura compasiva, no con dureza o severidad, sino considerando uno mismo las propias debilidades, no sea que también resulte tentado. Cuando el que cometió la falta vea y reconozca su error, en vez de agraviarle y tratar de hacérsela sentir más hondamente, se le debe consolar. Cristo dijo en su sermón del monte: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados; y con la medida con que medís, os volverán a medir” (Mateo 7:1, 2). Nuestro Salvador reprendió los juicios precipitados. “¿Por qué miras la mota que está en el ojo de tu hermano… y he aquí la viga en tu ojo?” (Mateo 7:3, 4). Sucede con frecuencia que mientras alguien está dispuesto a discernir los errores de sus hermanos, tal vez comete mayores faltas él mismo y, sin embargo, no lo ve.
Todos los que seguimos a Cristo debemos tratarnos unos a otros exactamente como deseamos que el Señor nos trate en nuestros errores y debilidades, porque todos erramos y necesitamos su compasión y perdón. Jesús consintió en revestirse de la naturaleza humana, para que supiese compadecerse de los mortales pecaminosos y errantes e interceder ante su Padre en favor de ellos. Se ofreció para ser el abogado del hombre y se humilló para familiarizarse con las tentaciones que asediaban al hombre, a fin de que pudiese socorrer a los que son tentados y fuera un tierno y fiel sumo sacerdote (Joyas de los testimonios, tomo 1, pp. 300, 301).
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