Domingo 25 de enero:
La justicia es integral

Los que aman a Dios no pueden abrigar odio o envidia. Mientras que el principio celestial del amor eterno llena el corazón, fluirá a los demás, no simplemente porque se reciban favores de ellos, sino porque el amor es el principio de acción, y modifica el carácter, gobierna los impulsos, domina las pasiones, subyuga la enemistad y eleva y ennoblece los afectos. Este amor no se reduce a incluir solamente “a mi y a los míos”, sino que es tan amplio como el mundo y tan alto como el ciclo, y está en armonía con el de los activos ángeles. Este amor, albergado en el alma, suaviza la vida entera, y hace sentir su influencia en todo su alrededor. Poseyéndolo, no podemos sino ser felices, sea que la fortuna nos favorezca o nos sea contraria. Si amamos a Dios de todo nuestro corazón, debemos amar también a sus hijos. Este amor es el Espíritu de Dios. Es el adorno celestial que da verdadera nobleza y dignidad al alma y asemeja nuestra vida a la del Maestro. Cualesquiera que sean las buenas cualidades que tengamos, por honorables y refinados que nos consideremos, si el alma no está bautizada con la gracia celestial del amor hacia Dios y hacia nuestros semejantes, nos falta verdadera bondad, y no estamos listos para el ciclo, donde todo es amor y unidad (Testimonios selectos, t. 3, pp. 265, 266).
Del mismo modo como a los discípulos se les concedió una capa¬citación divina, a saber el poder del Espíritu Santo, así también les será concedido hoy a quienes lo buscan correctamente. Únicamente este poder puede hacernos sabios para la salvación y volvernos idóneos para las cortes de arriba. Cristo desea concedernos una bendición que nos santificará. “Estas cosas os he hablado -dice él- para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido” (S. Juan 15:11). El gozo que se experimenta en el Espíritu Santo es un regocijo sanador y vivificador. Al concedernos su Espíritu, Dios se da a sí mismo, transformándose él mismo en una fuente de influencias divinas con el fin de dar salud y vida al mundo…
Estamos moralmente obligados a sacar en abundancia de la casa del tesoro del conocimiento divino. Dios desea que recibamos mucho para que podamos impartir mucho. Desea que seamos canales a través de los cuales él pueda impartir su gracia ricamente al mundo.
Que sus oraciones se caractericen por la sinceridad y la fe. El Señor está dispuesto a hacer en nuestro favor “mucho más abundante¬mente de lo que pedimos o entendemos (Efesios 3:20). Hablen de esto; oren acerca de ellos. No conversen de incredulidad. No podemos darnos el lujo de dejar que Satanás vea que tiene poder para ensombrecer nuestro semblante y entristecer nuestras vidas.
Oren con fe. Y asegúrense de colocar sus vidas en armonía con sus peticiones, de modo que puedan recibir las bendiciones que han demandado. Que no se debilite su fe, porque las bendiciones que se reciben son proporcionales a la fe que se ejerce. “Conforme a vuestra fe os sea hecho”. “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis” (S. Mateo 9:29; 21:22). Oren, crean, y regocíjense. Canten himnos de alabanza a Dios porque él les ha contestado sus oraciones. Acéptenlo al pie de la letra, “porque fiel es el que prometió (Hebreos 10:23). No se pierde ninguna súplica sincera. El canal está abierto; la corriente está fluyendo. Lleva propiedades salutíferas en sus aguas, derramando una corriente restauradora de vida y salud y salvación (Testimonios para la iglesia, t. 7, pp. 259, 260).
http://escuelasabatica.es/

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