Domingo 29 de junio: Nuestro Padre celestial
Todo el amor paterno que se haya transmitido de generación a generación por medio de los corazones humanos, todos los manantiales de ternura que se hayan abierto en las almas de los hombres, son tan solo como una gota del ilimitado océano, cuando se comparan con el amor infinito e inagotable de Dios. La lengua no lo puede expresar, la pluma no lo puede describir. Podéis meditar en él cada día de vuestra vida; podéis escudriñar las Escrituras diligentemente a fin de comprenderlo; podéis dedicar toda facultad y capacidad que Dios os ha dado al esfuerzo de comprender el amor y la compasión del Padre celestial; y aun queda su infinidad. Podéis estudiar este amor durante siglos, sin comprender nunca plenamente la longitud y la anchura, la profundidad y la altura del amor de Dios al dar a su Hijo para que muriese por el mundo. La eternidad misma no lo revelará nunca plenamente. Sin embargo, cuando estudiemos la Biblia y meditemos en la vida de Cristo y el plan de redención, estos grandes temas se revelarán más y más a nuestro entendimiento. Y alcanzaremos la bendición que Pablo deseaba para la iglesia de Efeso, cuando rogó: “El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación para su conocimiento; alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál sea la esperanza de su vocación, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál aquella supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos” (Efesios 1:17-19) (Joyas de los testimonios, t. 2, p. 337).
Tenemos que aprender individualmente esta lección de confianza especial en nuestro Salvador. Debemos confiar en nuestro Padre celestial, así como un niño confía en sus padres terrenales, y hemos de creer que obra para nuestro bien en todas las cosas […]. Yo puedo confiar en mi Salvador; me salva hoy, y mientras estoy luchando para vencer las tentaciones del enemigo, me dará gracia para triunfar (En lugares celestiales, p. 118).
Cuando estudiamos el carácter divino a la luz de la cruz, vemos misericordia, ternura, espíritu perdonador unidos con equidad y justicia. Vemos en medio del trono a uno que lleva en sus manos y pies y en su costado las marcas del sufrimiento soportado para reconciliar al hombre con Dios. Vemos a un Padre infinito que mora en luz inaccesible, pero que nos recibe por los méritos de su Hijo. La nube de la venganza que amenazaba solamente con la miseria y la desesperación, revela, a la luz reflejada desde la cruz, el escrito de Dios: ¡Vive, pecador, vive! ¡Vosotros, almas arrepentidas y creyentes, vivid! Yo he pagado el rescate Los hechos de los apóstoles, p. 268).
Aunque los líderes religiosos creían conocer y adorar al verdadero Dios viviente, lo representaban de manera equivocada.
Por eso, el carácter de Dios representado por su Hijo, les pareció una idea nueva; un nuevo don de Dios al mundo. Cristo hizo todo lo necesario para eliminar las falsas representaciones de Dios que Satanás había esparcido, a fin de que el amor divino pudiera ser restaurado en las mentes humanas. Enseñó a dirigirse al Supremo Gobernante del universo con un nuevo nombre:
“Padre nuestro”. Esa es la verdadera relación que él desea tener con nosotros, y cuando los labios humanos lo pronuncian con sinceridad, es como música a los oídos de Dios. Cristo nos dirige al trono de Dios mediante un camino nuevo y viviente que nos lleva a encontrarnos con un amor paternal…
El unigénito Hijo de Dios enseñó a los seres humanos la bondad, misericordia y benevolencia del carácter de Dios. Les enseñó a considerar a Dios como la fuente de todo afecto paternal que, de generación en generación, a fluido en los corazones humanos.
Pero la misericordia, el amor y la compasión de los padres humanos no tiene comparación con el amor infinito del Padre celestial que se brinda constantemente por la felicidad y la salvación de su pueblo (Reviezv and Herald, 11 de septiembre de 1894).
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