Notas de Elena | Domingo 3 de abril 2016 | Juan el Bautista y “la verdad presente” | Escuela Sabática
Domingo 3 de abril: Juan el Bautista y “la verdad presente”
Cuando el Espíritu Santo mueve al agente humano, no nos pregunta de qué manera ha de guiarlo. A menudo lo usa de maneras inesperadas. Cristo no vino en la forma en que los judíos lo esperaban. No vino de una manera tal que los glorificara como nación. Su precursor vino a preparar el camino para él, llamando al pueblo a arrepentirse de sus pecados, a, convertirse y bautizarse. El mensaje de Cristo fue: “El reino de Dios está cerca: arrepentios, y creed al evangelio”. Los judíos rehusaron recibir a Cristo, porque él no vino según la forma en que lo esperaban. Las ideas de hombres finitos eran tenidas como infalibles, porque eran de venerable edad. Este es el peligro al cual la iglesia se halla expuesta ahora, es a saber, que las invenciones de hombres finitos determinen la forma precisa en que debe venir el Espíritu Santo. Aunque no quieran reconocerlo, algunos ya han hecho esto. Y porque el Espíritu ha de venir, no para alabar a los hombres o para construir sus erróneas teorías, sino para reprobar al mundo de pecado, de justicia y de juicio, muchos se apartan de él. No están dispuestos a ser despojados de su justicia propia. No están dispuestos a cambiar su justicia, que es injusticia, por la justicia de Cristo, que es la verdad pura no adulterada. El Espíritu Santo no adula a ningún hombre, ni trabaja de acuerdo con el designio de algún hombre. Los hombres finitos, pecadores, no han de manejar al Espíritu Santo. Cuando éste venga como un reprobador, por medio de cualquier agente humano a quien Dios escoja, le toca al hombre oír y obedecer su voz {Testimonios para los ministros, pp. 61, 62).
Y ya también —decía el profeta— el hacha está puesta a la raíz de los árboles: todo árbol pues que no hace buen fruto, es cortado, y echado en el fúego”. No por su nombre, sino por sus frutos, se determina el valor de un árbol. Si el ñuto no tiene valor, el nombre no puede salvar al árbol de la destrucción. Juan declaró a los judíos que su situación delante de Dios había de ser decidida por su carácter y su vida. La profesión era inútil. Si su vida y su carácter no estaban en armonía con la ley de Dios, no eran su pueblo.
Bajo sus escrutadoras palabras, sus oyentes quedaron convencidos. Vinieron a él preguntando: “¿Pues qué haremos?” El contestó: “El que tiene dos túnicas, dé al que no tiene; y el que tiene qué comer, haga lo mismo”. Puso a los publícanos en guardia contra la injusticia, y a los soldados contra la violencia.
Todos los que se hacían súbditos del reino de Cristo, decía él, debían dar evidencia de fe y arrepentimiento. En su vida, debía notarse la bondad, la honradez y la fidelidad. Debían atender a los menesterosos, y presentar sus ofrendas a Dios. Debían proteger a los indefensos y dar un ejemplo de virtud y compasión. Así también los seguidores de Cristo darán evidencia
del poder transformador del Espíritu Santo. En su vida diaria, se notará la justicia, la misericordia y el amor de Dios. De lo contrario, son como el tamo que se arroja al fuego {El Deseado de todas las gentes, p. 82).

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