Domingo 30 de marzo: La ley romana
Los ángeles contemplan a José y María, mientras llegan, fatigados, a la ciudad de David para ser empadronados, cumpliendo así el decreto de Augusto Cesar. En la providencia de Dios ellos vienen a este lugar en el que la profecía había predicho que Cristo debía nacer. Buscan un lugar para descansar pero no hay lugar para ellos; si lo hay para los ricos y honorables, los que encuentran descanso y refrigerio, mientras que estos cansados viajeros deben encontrar refugio en una tosca construcción solamente preparada para proteger a las bestias (Review and Herald, 17 de diciembre de 1872).
En el tiempo del nacimiento de Cristo, la nación estaba tascando el freno bajo sus amos extranjeros, y la atormentaba la disensión interna. Se les había permitido a los judíos conservar la forma de un gobierno separado; pero nada podía disfrazar el hecho de que estaban bajo el yugo romano, ni avenirlos a la restricción de su poder. Los romanos reclamaban el derecho de nombrar o remover al sumo sacerdote, y este cargo se conseguía con frecuencia por el fraude, el cohecho y aun el homicidio. Así el sacerdocio se volvía cada vez más corrompido. Sin embargo, los sacerdotes poseían aun gran poder y lo empleaban con fines egoístas y mercenarios. El pueblo estaba sujeto a sus exigencias despiadadas, y también a los gravosos impuestos de los romanos.
Este estado de cosas ocasionaba extenso descontento. Los estallidos populares eran frecuentes. La codicia y la violencia, la desconfianza y la apatía espiritual, estaban royendo el corazón mismo de la nación (El Deseado de todas las gentes, p. 22).
Los espías habían esperado que Jesús contestase directamente su pregunta, en un sentido o en otro. Si les dijese: Es ilícito pagar tributo a César, le denunciarían a las autoridades romanas, y éstas le arrestarían por incitar a la rebelión. Pero en caso de que declarase lícito el pago del tributo, se proponían acusarle ante el pueblo como opositor de la Ley de Dios. Ahora se sintieron frustrados y derrotados. Sus planes quedaron trastornados.
La manera sumaria en que su pregunta había sido decidida no les dejaba nada más que decir.
La respuesta de Cristo no era una evasiva, sino una cándida respuesta a la pregunta. Teniendo en su mano la moneda romana, sobre la cual estaban estampados el nombre y la imagen de César, declaró que ya que estaban viviendo bajo la protección del poder romano, debían dar a ese poder el apoyo que exigía mientras no estuviese en conflicto con un deber superior. Pero mientras se sujetasen pacíficamente a las leyes del país, debían en toda oportunidad tributar su primera fidelidad a Dios.
Las palabras del Salvador: “Dad… lo que es de Dios, a Dios”, eran una severa reprensión para los judíos intrigantes. Si hubiesen cumplido fielmente sus obligaciones para con Dios, no habrían llegado a ser una nación quebrantada, sujeta a un poder extranjero. Ninguna insignia romana habría ondeado jamás sobre Jerusalén, ningún centinela romano habría estado en sus puertas, ningún gobernador romano habría regido dentro de sus murallas. La nación judía estaba entonces pagando la penalidad de su apartamiento de Dios (El Deseado de todas las gentes, p. 554). www.EscuelaSabatica.es

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