Notas de Elena | Domingo 31 de julio 2016 | Solamente el método de Cristo | Escuela Sabática


Domingo 31 de julio: Solamente el método de Cristo
En los días de Cristo no había sanatorios en la Tierra Santa. Pero dondequiera que fuera el Gran Médico, llevaba consigo la eficacia sanadora que producía la curación de todas las enfermedades, espirituales y físicas. El la impartía a los que se encontraban bajo el poder aflictivo del enemigo. En todas las ciudades, los pueblos y las aldeas por los que pasaba, con la solicitud de un padre amante, colocaba sus manos sobre los afligidos, los sanaba y les hablaba palabras de la más tierna simpatía y compasión. ¡Cuánto apreciaban ellos esas palabras! De él fluía una corriente de poder sanador que restauraba a los enfermos. Sanaba a hombres y mujeres sin vacilación y con gran gozo, porque se alegraba de poder restaurar la salud a los enfermos (Consejos sobre la salud, p. 527).
Nunca hubo un evangelista como Cristo. Él era la Majestad del cielo, pero se humilló para tomar nuestra naturaleza, a fin de poder encontrar a los hombres donde estaban. A todos, ricos y pobres, libres y siervos, Cristo el Mensajero del pacto, trajo las nuevas de salvación. Su fama de gran Médico cundió por toda Palestina. Los enfermos acudían a los lugares por donde debía pasar a fin de pedirle auxilio. Allí también iban muchos ansiosos de oír sus palabras y recibir el toque de su mano. Así iba de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, predicando el evangelio y sanando a los enfermos —Rey de gloria en el humilde atavío de humanidad (Exaltad a Jesús, p. 86).
Cuando Cristo vio las multitudes que se habían reunido alrededor de él, “tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor”. Cristo vio la enfermedad, la tristeza, el dolor y la degradación de las multitudes que se agolpaban a su paso. Le fueron presentadas las necesidades y desgracias de todos los seres humanos. En los encumbrados y los humildes, los más honrados y los más degradados, veía almas que anhelaban las mismas bendiciones que él había venido a traer; almas que necesitaban solamente un conocimiento de su gracia para llegar a ser súbditos de su reino. “Entonces dice a sus discípulos: A la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies” (Mateo 9:36-38).
Hoy existe la misma necesidad. Hacen falta en el mundo obreros que trabajen como Cristo trabajó en favor de los dolientes y pecaminosos. Hay, a la verdad, una multitud que alcanzar. El mundo está lleno de enfermedad, sufrimiento, angustia y pecado. Está lleno de personas que necesitan que se las atienda: los débiles, impotentes, ignorantes, degradados (Consejos sobre la salud, p. 13).
Notas de Elena para la Escuela Sabática | Lección 6 | Jesús se mezclaba con las personas | El papel de la iglesia en la comunidad | Tercer trimestre 2016

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