Domingo 4 de mayo: Muertos a la Ley (Romanos 7:1-6)

El testimonio de Pablo es: “¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? [el pecado está en el hombre, no en la ley]. En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás. Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero veni¬do el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte; porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató” (Romanos 7:7-11).
El pecado no mató a la ley, sino que mató la mente camal en Pablo. “Ahora estamos libres de la ley —declara él— por haber muerto para aquélla en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régi¬men nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la le-tra” (Romanos 7:6). “¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado para mostrarse pe-cado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pe-caminoso” (Romanos 7:13). “De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Romanos 7:12). Pablo llama la atención de sus oyentes a la ley quebrantada y les muestra en qué son culpables. Los instruye como un maestro instru-ye a sus alumnos, y les muestra el camino de retomo a su lealtad a Dios.
En la transgresión de la ley, no hay seguridad ni reposo ni justi-ficación. El hombre no puede esperar permanecer inocente delante de Dios y en paz con él mediante los méritos de Cristo, mientras continúe en pecado. Debe cesar de transgredir y llegar a ser leal y fiel. Cuando el pecador examina el gran espejo moral, ve sus defec-tos de carácter. Se ve a sí mismo tal como es, manchado, contami-nado y condenado. Pero sabe que la ley no puede, en ninguna for-ma, quitar la culpa ni perdonar al transgresor. Debe ir más allá. La ley no es sino el ayo para llevarlo a Cristo. Debe contemplar a su Salvador que lleva los pecados. Y cuando Cristo se le revela en la cruz del Calvario, muriendo bajo el peso de los pecados de todo el mundo, el Espíritu Santo le muestra la actitud de Dios hacia todos los que se arrepienten de sus transgresiones. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16) (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 249-251).
En sus enseñanzas, Cristo mostró cuán abarcantes son los princi-pios de la ley pronunciados desde el Sinaí. Hizo una aplicación vi-viente de aquella ley cuyos principios permanecen para siempre co-mo la gran norma de justicia: la norma por la cual serán juzgados todos en aquel gran día, cuando el juez se siente y se abran los li-bros. El vino para cumplir toda justicia y, como cabeza de la huma-nidad, para mostrarle al hombre que puede hacer la misma obra, haciendo frente a cada especifi¬cación de los requerimientos de Dios. Mediante la medida de su gracia proporcionada al instrumen-to humano, nadie debe perder el cielo. Todo el que se esfuerza, puede alcanzar la perfección del carácter. Esto se convierte en el fundamento mismo del nuevo pacto del evangelio. La ley de Jehová es el árbol. El evangelio está constituido por las fragantes flores y los frutos que lleva.
Cuando el Espíritu de Dios le revela al hombre todo el significado de la ley, se efectúa un cambio en el corazón (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 248, 249).
http://escuelasabatica.es/

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