Notas de Elena | Domingo 4 de septiembre 2016 | Conocen su voz | Escuela Sabática


Domingo 4 de septiembre:
Conocen su voz

Cada día debemos preparamos para el reino de gloria. La norma de Dios debe probar nuestros caracteres. Si pasamos la prueba, se nos dará un lugar entre los redimidos. El cielo debe llenar nuestro corazón y nuestra vida diaria. Cristo es un todopoderoso ayudador, y los que lo siguen no andarán en tinieblas, sino que comprenderán los pensamientos del cielo. Oirán la voz del verdadero Pastor y avanzarán por la senda de la obediencia. Debemos escudriñar las Escrituras por nosotros mismos. Al escrutarlas como tesoro escondido, las verdades que encontremos nos darán fortaleza para resistir en el día de Dios. El Señor nos considera responsables por aquellos que nos rodean. Hay pecadores que salvar; almas que ganar. ¿Permitiremos que la iniquidad nos separe de Cristo y de la obra que nos ha encargado hacer? Cada uno de nosotros diga: “No le fallaré al Salvador. No debe morir en vano por mí. Quiero alabarlo por toda la eternidad. Quiero llegar al cielo a cualquier costo” (Cada día con Dios, p. 320).
Cristo nos ha dejado un maravilloso ejemplo de sacrificio propio. No se agradó a sí mismo, sino que gastó su vida en servicio a los demás. Hizo sacrificios a cada paso, sacrificios que ninguno de sus seguidores alguna vez tendrá que hacer, porque nunca han ocupado la posición que ocupó antes de venir a esta tierra. Era el comandante de las huestes celestiales, pero vino acá a sufrir por los pecadores. Era rico, pero por amor a nosotros se hizo pobre, para que por su pobreza pudiéramos ser enriquecidos. Dejó a un lado su gloria porque nos amó, y tomó sobre sí la forma de un siervo. Dio su vida por nosotros. ¿Qué estamos dando por él?…
Al seguir en el sendero de la negación propia, elevando la cruz y llevándola tras él a la casa de su Padre, revelaremos en nuestra vida la belleza de la vida de Cristo. En el altar del sacrificio propio —el lugar designado para el encuentro entre Dios y el alma— recibimos de mano de Dios la antorcha celestial que escudriña el corazón, revelando la necesidad de un Cristo que permanezca en él (Reflejemos a Jesús, p. 224).
El gran Pastor tiene subpastores, a quienes delega el cuidado de sus ovejas y corderos. La primera obra que Cristo confió a Pedro, al restaurarlo en el ministerio, fue la de apacentar sus corderos. Esta era una obra en la cual Pedro tenía poca experiencia. Iba a requerir gran cuidado y ternura, mucha paciencia y perseverancia. Lo llamaba a ministrar a los niños y jóvenes, y a los que fuesen nuevos en la fe, a enseñar a los ignorantes, abrirles las Escrituras y educarlos para ser útiles en el servicio de Cristo. Hasta entonces Pedro no había sido idóneo para hacer esto, ni siquiera para comprender su importancia. Era significativa la pregunta que Cristo dirigió a Pedro. Mencionó una sola condición del discipulado y servicio. “¿Me amas?” le preguntó. Esta es la calificación esencial. Aunque Pedro poseyese todas las demás, sin el amor de Cristo no podía ser un fiel pastor de la grey del Señor. El saber, la benevolencia, la elocuencia, la gratitud y el celo son de ayuda en la buena obra; pero sin el amor de Jesús en el corazón, la obra del ministerio cristiano resultará en fracaso (Exaltad a Jesús, p. 217).

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