Domingo 7 de julio: La oración y el reavivamiento en Hechos
Por la gracia de Cristo, los apóstoles fueron hechos lo que fueron. Mediante una sincera devoción y la oración ferviente y humilde fueron puestos en íntima comunión con él. Ellos se sentaron juntamente con él en los lugares celestiales. Comprendieron la magnitud de su deuda hacia él. Mediante fervorosas y perseverantes oraciones, recibieron el don del Espíritu Santo, y luego fueron adelante cargados con el anhelo de salvar almas, celosos por extender los triunfos de la cruz. Y mediante su labor, muchas almas fueron traídas de las tinieblas a la luz, y muchas iglesias fueron suscitadas.
¿Seremos nosotros menos fervorosos que los apóstoles? Por una fe viva, ¿no habremos de aferramos a las promesas que los conmovieron, desde lo más profundo de su ser, a implorar del Señor Jesús el cumplimiento de su palabra: “Pedid, y recibiréis “? (S. Juan 16: 24). ¿No ha de venir hoy el Espíritu del Señor en respuesta a la fervorosa y perseverante oración, y llenar de poder a los hombres? ¿No asegura el Señor hoy día a sus obreros que, llenos de oración, firmeza y fe, abran las Escrituras a los que ignoran la preciosa verdad en ella contenida: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”? (S. Mateo 28: 20).
¿Por qué, pues, está la iglesia tan debilitada y falta de espiritualidad? Así como los discípulos, llenos del poder del Espíritu, salieron a proclamar el evangelio, los siervos de Dios deben ir adelante ahora. Colmados de un anhelo desinteresado por dar el mensaje de gracia a aquellos que están en las tinieblas del error y de la incredulidad, debemos echar mano a la obra del Señor. El nos manda a hacer nuestra parte en cooperación con él, y él asimismo moverá el corazón de los incrédulos a llevar adelante su obra a las regiones lejanas. Muchos están ya recibiendo el Espíritu Santo, y el camino no quedará por más tiempo obstruido por la negligente indiferencia.
¿Por qué ha sido consignada la historia de la obra de los discípulos, cuando trabajaron con santo celo, animados y vivificados por el Espíritu Santo, sino para que su relato sirviese de inspiración al pueblo del Señor hoy día, para trabajar más fervorosamente por él? Lo que el Señor hizo para su pueblo entonces, es tan esencial, y aún más, que lo haga para sus hijos hoy.
Cada miembro de la iglesia puede hacer hoy día lo que los apóstoles hicieron en su tiempo. Y debemos trabajar con mucho más fervor y ser acompañados de una medida mayor del Espíritu Santo, del mismo modo que el aumento del pecado exige un llamado más decidido al arrepentimiento. Cada persona sobre quien está brillando la luz de la verdad presente, debiera ser movida a compasión por aquellos que están en tinieblas. Todos los creyentes debieran reflejar rayos de luz claros y distintos. El Señor aguarda para hacer ahora una obra similar a la que realizara por medio de sus mensajeros enviados después del día del Pentecostés. En este tiempo, cuando el fin de todas las cosas está cercano, ¿no debiera el celo de la iglesia exceder al de la iglesia primitiva? El celo por glorificar a Dios impulsaba a los discípulos a testificar por la verdad con gran poder.
¿No debiera este celo inflamar nuestro corazón con el deseo de contar la historia del amor redentor de Cristo, y de Cristo crucificado? ¿No debiera el poder de Dios revelarse más poderosamente hoy día que en el tiempo de los apóstoles? (Testimonios selectos, t. 5, p. 11-13).

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