Jueves 10 de abril: Cumplir la ley (S. Mateo 5:17-20)
Jesús miró la escena: la temblorosa víctima avergonzada, los dignatarios de rostro duro, sin rastros de compasión humana. Su espíritu de pureza inmaculada sentía repugnancia por este espectáculo. Sin dar señal de haber oído la pregunta, se agachó y, fijos los ojos en el suelo, se puso a escribir en el polvo.
Impacientes ante la demora y la aparente indiferencia de Jesús, los delatores se acercaron, para imponer el asunto a su atención. Pero cuando sus ojos, siguiendo los de Jesús, cayeron sobre el pavimento a sus pies, callaron. Allí, trazados delante de ellos, estaban los secretos culpables de su propia vida.
Enderezándose y fijando sus ojos en los ancianos maquinadores, Jesús dijo: “El que de vosotros esté sin pecado, arroje contra ella la primera piedra” (S. Juan 8:7). Y volviéndose a inclinar, siguió escribiendo.
No había puesto de lado la ley dada por Moisés, ni había usurpado la autoridad de Roma. Los acusadores habían sido derrotados. Rasgado su manto de falsa santidad, estaban, culpables y condenados, en presencia de la pureza infinita. Temblaban de miedo de que la iniquidad oculta de sus vidas fuese revelada a la muchedumbre; y uno tras otro, con la cabeza agachada y los ojos mirando al suelo, se fueron furtivamente, dejando a su víctima con el compasivo Salvador.
Irguióse Jesús, y mirando a la mujer, le dijo: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado? Y ella respondió: Señor, ninguno. Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno: vete, y no peques más” (vers. 10, 11) (El ministerio de curación, p. 57, 58).
“Porque os digo, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y de los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (S. Mateo 5:20).
En el tiempo de Cristo, el mayor engaño de la mente humana consistía en creer que un mero asentimiento a la verdad constituía la justicia. En toda experiencia humana, un conocimiento teórico de la verdad ha mostrado ser insuficiente para salvar el alma. No produce los frutos de justicia … Los fariseos se llamaban hijos de Abraham y se jactaban de poseer los oráculos de Dios; pero estas ventajas no los preservaban del egoísmo, la malicia, la codicia de ganancias y la más baja hipocresía…
Aun subsiste el mismo peligro. Muchos dan por sentado que son cristianos simplemente porque aceptan ciertos dogmas teológicos. Pero no han hecho penetrar la verdad en la vida práctica.
No la han creído ni amado; por lo tanto no han recibido el poder y la gracia que provienen de la santificación de la verdad.
Los hombres pueden profesar creer en la verdad; pero esto no los hace sinceros, bondadosos, pacientes, tolerantes, ni les da aspiraciones celestiales; es una maldición para sus poseedores, y por la influencia de ellos es una maldición para el mundo.
La justicia que Cristo enseñaba es la conformidad del corazón y de la vida a la voluntad revelada de Dios. Los hombres pecaminosos pueden llegar a ser justos únicamente al tener fe en Dios y mantener una relación vital con él. Entonces la verdadera piedad elevará pensamientos y ennoblecerá la vida. Entonces las formas externas de la religión armonizarán con la pureza interna del cristiano (La fe por la cual vivo, p. 110).

Viernes 11 de abril: Para estudiar y meditar
El Deseado de todas las gentes, p. 411-427.

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