Jueves 11 de septiembre: El sábado después de la resurrección

“Orad, pues, que vuestra huida no sea en invierno ni en sábado”, dijo Cristo. El que hizo el sábado no lo abolió clavándolo en su cruz. El sábado no fue anulado por su muerte. Cuarenta años después de su crucifixión, había de ser considerado todavía sagrado. Durante cuarenta años, los discípulos debían orar por que su huida no fuese en sábado (El Deseado de todas las gentes, p. 584)
El sábado que Dios instituyó en el Edén era tan precioso para Juan en la solitaria isla como cuando estaba con sus compañeros en ciudades y pueblos. Las preciosas promesas que Cristo había dado acerca de ese día eran repetidas por Juan, y las reclamaba como suyas. Para él era la señal de que Dios era suyo… El Salvador resucitado hizo conocer su presencia a Juan en el día sábado [Se cita Apocalipsis 1:10-13,17, 18] (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 967).
Por tres sábados sucesivos Pablo predicó a los tesalonicenses, razonando con ellos de las Escrituras en cuanto a la vida, muerte, resurrección, mediación, y gloria futura de Cristo, el Cordero “muerto desde el principio del mundo” (Apocalipsis 13:8). Ensalzó a Cristo, el debido entendimiento de cuyo ministerio es la llave que abre las Escrituras del Antiguo Testamento y da acceso a sus ricos tesoros (Los hechos de los apóstoles, pp. 185, 186). …
En los primeros siglos todos los cristianos guardaban el sábado. Cuidaban celosamente el honor de Dios, y como creían que su ley era inmutable, conservaban religiosamente el carácter sagrado de sus preceptos (La historia de la redención, p. 345).
Cuando se produzca “la restauración de todas las cosas, de la cual habló Dios por boca de sus santos profetas, que ha habido desde la antigüedad”, el sábado de la creación, el día en que Cristo descansó en la tumba de José, será todavía un día de reposo y regocijo. El cielo y la tierra se unirán en alabanza mientras que “de sábado en sábado”, las naciones de los salvos adorarán con gozo a Dios y al Cordero (El Deseado de todas las gentes, p. 714).
Así como el sábado fue la señal que distinguía a Israel cuando salió de Egipto para entrar en la Canaán terrenal, así también es la señal que ahora distingue al pueblo de Dios cuando sale del mundo para entrar en el reposo celestial. El sábado es una señal de la relación que existe entre Dios y su pueblo, una señal de que éste honra la ley de su Creador. Hace distinción entre los súbditos leales y los transgresores…
A nosotros, como a Israel, nos es dado el sábado “por pacto perpetuo”. Para los que reverencian el santo día, el sábado es una señal de que Dios los reconoce como su pueblo escogido. Es una garantía de que cumplirá su pacto en su favor. Cada alma que acepta la señal del gobierno de Dios, se coloca bajo el pacto divino y eterno. Se vincula con la cadena áurea de la obediencia, de la cual cada eslabón es una promesa (Joyas de los testimonios, tomo 3, pp. 16, 17).
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