Jueves 13 de noviembre: Bendecir y maldecir

La influencia que más debe temer la iglesia no es la de los opositores abiertos, infieles y blasfemos, sino la de los miembros profesos de Cristo que son inconsecuentes. Estos son los que impiden la llegada de las bendiciones del Dios de Israel y traen debilidad a la iglesia, una mancha que no es fácil de quitar. El cristianismo no es solo para ser lucido el sábado y desplegado en el templo; es para cada día de la semana y para cada lugar. Sus exigencias deben reconocerse en el taller, en el hogar, y en las transacciones comerciales con los hermanos y con el mundo (Conflicto y valor, p. 119).
Cristo venció cada tentación del enemigo porque su humanidad se combinaba con la divinidad. Pero no hay seguridad para el alma que solamente tiene una religión legal, una forma de piedad basada en ceremonias externas. Nadie es cristiano solo por asistir a los cultos el sábado y orar ocasionalmente o regularmente. Lo importante es llegar a estar unido con Cristo, creer en él como nuestro Salvador personal, y vivir por la fe en el Hijo de Dios. La pregunta que el alma debe hacerse es: ¿Soy participante de la naturaleza divina por haber nacido de nuevo? Si así no fuera, el alma está en peligro fatal. El que es nacido de Dios, es una nueva criatura “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas” (2 Corintios 5:17).
La vieja voluntad imperiosa ha desaparecido; el orgullo ha sido limpiado del alma; el yo ha sido desarraigado; el temperamento rápido y apasionado ya no controla; las palabras que salen de la boca ya no son arrogantes, porque todo ha sido puesto en cautividad a Cristo (Signs of the Times, 26 de septiembre de 1892).
Cuando el corazón ha sido renovado por el Espíritu de Dios, el hecho se manifiesta en la vida. Al paso que no podemos hacer nada para cambiar nuestro corazón, ni para ponernos en armonía con Dios, al paso que no debemos confiar para nada en nosotros ni en nuestras buenas obras, nuestras vidas han de revelar si la gracia de Dios mora en nosotros. Se notará un cambio en el carácter, en las costumbres y ocupaciones. La diferencia será muy clara e inequívoca entre lo que han sido y lo que son. El carácter se da a conocer, no por las obras buenas o malas que de vez en cuando se ejecutan, sino por la tendencia de las palabras y de los actos en la vida diaria…
¿Quién posee nuestro corazón? ¿Con quién están nuestros pensamientos? ¿De quién nos gusta hablar? ¿Para quién son nuestros más ardientes afectos y nuestras mejores energías? Si somos de Cristo, nuestros pensamientos están con él y nuestros más gratos pensamientos son para él. Todo lo que tenemos y somos lo hemos consagrado a él. Deseamos vehementemente ser semejantes a él, tener su Espíritu, hacer su voluntad y agradarle en todo (El camino a Cristo, p. 57).

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