Notas de Elena | Jueves 19 de enero 2017 | La importancia de su divinidad | Escuela Sabática


Jueves 19 de enero: : La importancia de su divinidad
En su capacidad de Mediador, Cristo concede a sus siervos la presencia del Espíritu Santo. Es la eficacia del Espíritu la que capacita a los agentes humanos para ser representantes del Redentor en la tarea de salvar almas. Es indispensable que nos coloquemos bajo la influencia modeladora del Espíritu Santo si queremos unimos con Cristo en esta obra. El poder impartido de este modo nos capacita para trabajar con el Señor, en el vínculo de la unidad, como colaboradores suyos en la salvación de las almas. A todo aquel que se ofrece al Señor para servir, sin retener nada, se le concede poder para alcanzar resultados sin medida. Mediante una promesa eterna, Dios se ha comprometido a suplir de poder y gracia a todo aquel que se santifica mediante la obediencia de la verdad. Cristo, a quien se le ha entregado todo el poder en el cielo y en la tierra, aprueba a sus instrumentos y colabora con ellos: esas almas fervientes que participan cotidianamente del pan vivo “que desciende del cielo”. Juan 6:50. La iglesia de la tierra, unida con la iglesia celestial, puede lograr todas las cosas (Testimonios para la iglesia, t. 7, p. 32).
Cristo determinó que cuando él ascendiera de esta tierra, concedería un don a los que habían creído en él y a los que creyeran en él. ¿Qué don suficientemente precioso podía él conceder para destacar y honrar su ascensión al trono de mediación? Debía ser digno de su grandeza y su realeza. Cristo determinó dar como su representante a la tercera Persona de la Deidad. Ese don no podría ser igualado. Daría [sintetizaría] todos sus dones en uno, y por lo tanto su dádiva sería el Espíritu divino, ese poder transformador, iluminador y santificador… Se presentó con plenitud y poder, como si hubiera estado retenido por años, pero recién ahora se lo derramaba sobre la iglesia… Los creyentes se convirtieron de nuevo. Los pecadores se unieron con los cristianos para buscar la perla de gran precio… Cada cristiano veía en su hermano la divina imagen de la benevolencia y el amor. Un solo interés prevalecía. Un solo tema sorbía todos los demás. Todos los pulsos latían en sano concierto. La única ambición de los creyentes era ver quién podía revelar con mayor perfección la semejanza del carácter de Cristo, y quién podía hacer más para ensanchar su reino. Se envió el Espíritu Santo como el tesoro más preciado que el hombre pudiera recibir (Mi vida hoy, p. 37).
El Príncipe del cielo estaba entre su pueblo. El mayor don de Dios había sido dado al mundo… Cuando saliese de la tumba, su tristeza se trocaría en gozo. Después de su ascensión, iba a estar ausente en persona; pero por medio del Consolador estaría todavía con ellos, y no debían pasar su tiempo en lamentaciones. Esto era lo que Satanás quería. Deseaba que diesen al mundo la impresión de que habían sido engañados y chasqueados; pero por la fe habían de mirar al santuario celestial, donde Jesús ministraba por ellos; debían abrir su corazón al Espíritu Santo, su representante, y regocijarse en la luz de su presencia (El Deseado de todas las gentes, p. 243).

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