Jueves 2 de abril: Los testigos del Salvador
María esperaba el reinado del Mesías en el trono de David, pero no veía el bautismo de sufrimiento por cuyo medio debía ganarlo. Simeón reveló el hecho de que el Mesías no iba a encontrar una senda expedita por el mundo. En las palabras dirigidas a María: “Una espada traspasará tu alma”, Dios, en su misericordia, dio a conocer a la madre de Jesús la angustia que por él ya había empezado a sufrir {El Deseado de todas las gentes, pp. 38, 39).
Jesús no se interpuso para librar a su siervo. Sabía que Juan soportaría la prueba. Gozosamente habría ido el Salvador a Juan, para alegrar la lobreguez de la mazmorra con su presencia. Pero no debía colocarse en las manos de sus enemigos, ni hacer peligrar su propia misión. Gustosamente habría librado a su siervo fiel. Pero por causa de los millares que en años ulteriores debían pasar de la cárcel a la muerte, Juan había de beber la copa del martirio. Mientras los discípulos de Jesús languideciesen en solitarias celdas, o pereciesen por la espada, el potro o la hoguera… ¡qué apoyo iba a ser para su corazón el pensamiento de que Juan el Bautista, cuya fidelidad Cristo mismo había atestiguado, había experimentado algo similar!…
Dios no conduce nunca a sus hijos de otra manera que la que ellos elegirían si pudiesen ver el fin desde el principio, y discernir la gloria del propósito que están cumpliendo como colaboradores suyos. Ni Enoc, que fue trasladado al cielo, ni Elías, que ascendió en un carro de fuego, fueron mayores o más honrados que Juan el Bautista, que pereció solo en la mazmorra. “A vosotros es concedido por Cristo, no solo que creáis en él, sino también que padezcáis por él” (Filipenses 1:29). Y de todos los dones que el Cielo puede conceder a los hombres, la comunión con Cristo en sus sufrimientos es el más grave cometido y el más alto honor {Conflicto y valor, p. 278).
Al aceptar a Jesucristo, también debemos aceptar las condiciones y requerimientos que ello significa. Es hacer del reino de Dios nuestra prioridad en la vida. Las dificultades y obstrucciones aparecerán, especialmente aquellas que tienen que ver con el yo, porque Cristo demanda el corazón, el alma, la mente y la fuerza de cada ser humano. “No sois vuestros. Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios” (1 Corintios 6:19, 20). Requerirá humillación, abnegación y sacrificios, y un constante conflicto con las pasiones humanas. En la senda preparada para los redimidos del Señor no hay lugar para expresar nuestro temperamento natural. Los que profesan caminar en la senda angosta pero practican las acciones de los no convertidos, solo tendrán como resultado vergüenza y desgracia (Bible Training School, octubre 1, 1916).
Aquel que cree plenamente en Cristo llega a ser un participante de la naturaleza divina, y el poder así recibido le servirá para hacer frente a cualquier tentación. No caerá en la tentación ni será derrotado por falta de ayuda. En los momentos de prueba podrá valerse de las promesas y por medio de ellas escapar de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia…
Para hacemos participantes de la naturaleza divina, el cielo entregó su tesoro más valioso. El Hijo de Dios se quitó su manto real y su corona y descendió a la tierra en la forma de un niño. Resolvió vivir una vida perfecta desde la infancia hasta la madurez. Se comprometió a permanecer como representante del Padre en un mundo caído. Y hasta moriría en beneficio de la raza caída. ¡Qué obra maravillosa ésta! (Dios nos cuida, p. 60).

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