Jueves 20 de noviembre: Sumisión a Dios

Si se pudiese descorrer la cortina veríais al universo celestial observando con intenso interés al que es tentado. Si no os rendís al enemigo, hay gozo en el cielo. Cuando se oye la primera insinuación al mal, elevad una oración al cielo, y después resistid firmemente la tentación de experimentar con lo que condena la Palabra de Dios. La primera vez que llegue la tentación, hacedle frente en forma tan decidida como para que nunca se repita. Apartaos del que se ha atrevido a presentaros prácticas erróneas. Separaos resueltamente del tentador diciendo: Debo alejarme de tu influencia, pues sé que no sigues las huellas de nuestro Salvador.
Aunque no os sintáis capaces de hablar una palabra a los que obran según principios errados, dejadlos. Vuestra separación y silencio pueden hacer más que las palabras. Nehemías se negó a relacionarse con los que eran desleales a los principios, y no permitía que sus ayudantes se relacionaran con ellos. El amor y el temor de Dios fueron su salvaguardia. Vivió y trabajó como si hubiera visto el mundo invisible. Y David dijo: “A Jehová he puesto siempre delante de mí”.
Atreveos a ser como Daniel. Atreveos a estar firmes, aunque seáis los únicos. En esta forma, como lo hizo Moisés, soportaréis la visión de Aquel que es invisible. Pero una cautela cobarde y silenciosa ante los malos compañeros, mientras escucháis sus ardides, os hace uno con ellos…
Tened valor para hacer lo correcto. La promesa del Señor vale más que el oro y la plata para todos los que son hacedores de su Palabra. Consideren todos como un gran honor el ser reconocidos por Dios como sus hijos (Comentario bíblico adventista, tomo 3, p. 1173).
La familia de Dios en la tierra, sujeta a tentaciones y pruebas, está muy cerca de su corazón de amor. Él ha ordenado que se mantenga la comunicación entre los seres celestiales y los hijos de Dios en esta tierra. Ángeles de los atrios de lo alto son enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación (Comentario bíblico adventista, tomo 7, p. 934).
Tan ciertamente como que tenemos un Salvador personal, tenemos también un adversario personal, cruel y astuto, que siempre vigila nuestros pasos y trata de desviamos. Puede obrar con más eficacia bajo un disfraz. Dondequiera que se adelante la opinión de que no existe, allí está más activo. Cuando menos sospechamos su presencia, está obteniendo ventaja sobre nosotros. Me siento alarmada al ver a tantos jóvenes sometiéndose a su poder sin saberlo. Si solo vieran el peligro, acudirían a Cristo, el refugio del pecador.
Tratad de ser fieles alumnos en la escuela de Cristo, aprendiendo diariamente a conformar vuestra vida al Modelo divino. Dirigid vuestro rostro hacia el cielo, y avanzad hacia el blanco del premio de vuestra elevada vocación en Cristo Jesús. Corred la carrera cristiana con paciencia, y revelaos superiores a toda tentación que os sobrevenga, por gravosa que sea. Resistid al diablo y huirá de vosotros (Hijos e hijas de Dios, p. 81).
Algunos experimentan la necesidad de la expiación, y este reconocimiento sumado al deseo de un cambio de corazón, produce una lucha en su interior. Pero el renunciamiento de la propia voluntad o tal vez de los objetos elegidos de sus afectos o de sus afanes, requiere un esfuerzo frente al cual muchos vacilan, se desaniman y vuelven atrás. Sin embargo, cada corazón verdaderamente convertido debe pelear esta batalla. Es indispensable que ganemos la victoria sobre el yo, que crucifiquemos nuestros afectos y pasiones, y así comienza la unión del alma con Cristo. Así como una rama seca y aparentemente sin vida se injerta en el árbol verde, así también nosotros podemos llegar a ser ramas vivas de la Vid verdadera. Y el fruto que Cristo llevó también se verá en todos sus seguidores. Una vez que esta unión se ha formado, se puede preservar mediante un esfuerzo continuo, ferviente y esmerado. Cristo ejerce su poder con el fin de preservar y guardar esta sagrada unión, y el pecador impotente y dependiente de él necesita hacer su parte con una energía incansable…
Cada cristiano debe mantenerse continuamente en guardia y vigilar cada avenida del alma por donde Satanás pudiera hallar acceso. Debe orar en demanda de ayuda divina y al mismo tiempo resistir resueltamente cada inclinación hacia el pecado. Todos pueden vencer mediante el valor, la fe y el esfuerzo perseverante. Pero recuerden que para ganar la victoria, Cristo debe morar en ustedes y ustedes en Cristo… Los frutos del Espíritu Santo pueden producirse únicamente mediante una unión personal con Cristo, por medio de una comunión diaria y constante con él (Exaltad a Jesús, p. 334).

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