Notas de Elena | Jueves 22 de diciembre 2016 | La multiforme sabiduría de Dios | Escuela Sabática


Jueves 22 de diciembre :La multiforme sabiduría de Dios

Dijo Cristo: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras obras buenas, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mateo 5:16). Dejad resplandecer vuestra luz de tal manera que la gloria sea para Dios en lugar de ser para vosotros mismos. Si se os dirigen alabanzas, bien podéis temblar y avergonzaros, porque se ha frustrado el gran propósito; no se ensalza a Dios sino al siervo. Así brille vuestra luz; tened cuidado ministros de Cristo de qué manera brilla vuestra luz. Si refulge hacia el cielo revelando la excelencia de Cristo, brilla correctamente. Si se vuelve hacia vosotros, si os exhibís a vosotros mismos, e inducís a la gente a miraros, sería mejor que os callaseis, porque vuestra luz brilla falsamente (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 393).
La obra de Cristo en el mundo consistió en buscar y salvar lo que se había perdido. Siempre vio ante él el resultado de su misión, aunque debió recibir primero el bautismo de sangre, aunque el peso de los pecados del mundo gravitó sobre su alma inocente, aunque la sombra de una indecible calamidad siempre se cernió sobre él. Sin embargo, por el gozo propuesto delante de él, soportó la cruz y despreció la vergüenza. Soportó todo esto para salvar al hombre pecador, para elevarlo y ennoblecerlo, y darle un lugar con él en su trono. Cristo es el originador de la verdad divina. Conocía la altura y la profundidad, la longitud, la anchura y la plenitud de la compasión del amor divino, como ningún mortal puede conocerla. Sabía qué gran bendición rehusaban los pecadores cuando rechazaban la luz divina… Los hombres están contaminados con el pecado, y no pueden tener una concepción adecuada del atroz carácter del mal que acarician. Por causa del pecado, la Majestad del cielo fue golpeada, herida de Dios y afligida. Nuestro Sustituto desnudó voluntariamente su alma ante la espada de la justicia, para que nosotros no pereciéramos sino que tuviéramos vida eterna. Cristo dijo: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar.
Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 10:17, 18). Ningún hombre del mundo y ningún ángel del cielo habría podido pagar la penalidad del pecado. Jesús era el único que podía salvar al hombre rebelde. El gozo puesto delante de Jesús fue el de ver las almas redimidas por el sacrificio de su gloria, su honor, sus riquezas y su propia vida. La salvación del hombre era su gozo. Cuando se reúnan todos los redimidos en el reino de Dios, él verá los resultados del trabajo de su alma y quedará satisfecho (A fin de conocerle, p. 370).

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