Notas de Elena | Jueves 22 de septiembre 2016 | Terminó la espera | Escuela Sabática


Jueves 22 de septiembre:
Terminó la espera

El dolor no puede existir en el ambiente del cielo. Allí no habrá más lágrimas, ni cortejos fúnebres, ni manifestaciones de duelo… En la ciudad de Dios “no habrá ya más noche”. Nadie necesitará ni deseará descanso. No habrá quien se canse haciendo la voluntad de Dios ni ofreciendo alabanzas a su nombre. Sentiremos siempre la frescura de la mañana, que nunca se agostará. “No necesitan luz de lámpara, ni luz del sol; porque el Señor Dios los alumbrará” (Apocalipsis 22:5, V.M.).
La luz del sol será sobrepujada por un brillo que sin deslumbrar la vista excederá sin medida la claridad de nuestro mediodía. La gloria de Dios y del Cordero inunda la ciudad santa con una luz que nunca se desvanece. Los redimidos andan en la luz gloriosa de un día eterno que no necesita sol (El conflicto de los siglos, pp. 734, 735).
Luego las puertas del cielo se abrirán para recibir a los hijos de Dios y de los labios del Rey de gloria resonará en sus oídos, como la más rica música, la bendición: “¡Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino destinado para vosotros desde la fundación del mundo!” (Mateo 25:34). Entonces los redimidos serán recibidos con gozo en el lugar que Jesús les está preparando. Vi que Jesús conducía a los redimidos a la puerta de la ciudad; y al llegar a ella la hizo girar sobre sus resplandecientes goznes y mandó que entraran todas las gentes que hubiesen guardado la verdad. Dentro de la ciudad había todo lo que pudiese agradar a la vista. Por doquiera los redimidos contemplaban abundante gloria. Jesús miró entonces a sus santos redimidos, cuyo semblante irradiaba gloria, y fijando en ellos sus ojos bondadosos les dijo con voz rica y musical: “Veo el fruto de la aflicción de mi alma, y estoy satisfecho. Esta excelsa gloria es vuestra para que la disfrutéis eternamente. Terminaron vuestras aflicciones. No habrá más muerte ni llanto ni pesar ni dolor”… Las palabras son demasiado pobres para intentar una descripción del cielo. Siempre que se vuelve a presentar ante mi vista, el espectáculo me anonada de admiración. Arrobada por el insuperable esplendor y la excelsa gloria, dejo caer la pluma exclamando: “¡Oh, qué amor, qué maravilloso amor!” El lenguaje más exaltado no bastaría para describir la gloria del cielo ni las incomparables profundidades del amor del Salvador (La maravillosa gracia de Dios, p. 359).
A veces, cuando veo una nube en el cielo, exclamo involuntariamente: “Ven, Señor Jesús; ven pronto”. Tiempos como éste revelarán el carácter de cada cual. Anhelo ver quebrantado el poder engañoso del enemigo. Pero no permitamos que nuestra fe falle. El único verdadero consuelo que encuentro consiste en mirar más allá del conflicto y contemplar el triunfo final, la gloria de Dios que refleja su resplandor sobre los vencedores. La profecía señala con certeza el resultado final del conflicto, y por fe lo podemos ver… Dentro de poco el Señor Dios del cielo establecerá su reino, que no será destruido. Ha llegado el momento de desarrollar un carácter puro y celestial. La obra aumentará en fervor e intensidad hasta el mismo fin. Necesitamos que nuestra fe aumente. Debemos velar en oración (Cada día con Dios, p. 198).

(228)

Comments

Comentarios

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*