Notas de Elena | Jueves 26 de enero 2017 | ¿Por qué es importante? | Escuela Sabática


Jueves 26 de enero:
¿Por qué es importante?
Cuando los hijos de Dios son uno en la unidad del Espíritu, todo farisaísmo, toda justicia propia, que fueron el pecado de la nación judía, se eliminarán de su corazón. El molde de Cristo estará en cada miembro individual de su cuerpo, y su pueblo será odres nuevos en los cuales él pueda vaciar su vino nuevo, y el vino nuevo no romperá los odres. Dios hará conocer el misterio que ha estado oculto durante siglos. Hará saber cuáles son “las riquezas de la gloria de este misterio entre los gentiles; que es Cristo en vosotros, la esperanza de gloria” (Colosenses 1:27; también se citan los versículos 28 y 29).
Jesús vino para impartir el Espíritu Santo al alma humana. Mediante ese Espíritu, el amor de Dios es difundido en el corazón, pero es imposible conceder el Espíritu Santo a los hombres que están cristalizados en sus ideas, cuyas doctrinas son todas estereotipadas e inmutables, que caminan de acuerdo con las tradiciones y mandamientos de los hombres, como lo hicieron los judíos en el tiempo de Cristo. Ellos eran muy minuciosos en los ritos de la iglesia, muy rigurosos en seguir sus formas, pero estaban destituidos de vitalidad y consagración religiosa. Fueron representados por Cristo como los cueros secos que entonces se usaban como recipientes. El evangelio de Cristo no podía ser colocado en sus corazones, pues no había lugar para recibirlo. No podían ser los nuevos odres en los cuales él pudiera derramar su vino nuevo. Cristo estuvo obligado a buscar odres para su doctrina de verdad y vida entre otras personas que no eran los escribas y los fariseos. Tuvo que buscar hombres que estuvieran dispuestos a recibir la regeneración del corazón. Vino a dar nuevos corazones a los hombres. Él dijo: “Os daré corazón nuevo” (Mensajes selectos, t. 2, p. 452).
Debe realizarse una obra real en nosotros. Permanentemente debemos rendir nuestra voluntad a la voluntad de Dios, nuestro camino al suyo. Nuestras ideas personales lucharán constantemente por obtener la supremacía, pero debemos hacer de Dios el todo y en todo. No estamos libres de las flaquezas de la humanidad pero debemos esmeramos continuamente por liberamos de ellas, no para ser perfectos según nuestra propia manera de ver; sino perfectos en toda buena obra. No debemos morar en el lado oscuro. Nuestras almas no deben descansar en sí mismas sino en Quien es todo y en todos. Al contemplar como en un espejo la gloria del Señor estamos realmente siendo transformados a su misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor. Esperamos demasiado poco y recibimos de acuerdo con nuestra fe.
No debemos aferrarnos a nuestros propios caminos, nuestros propios planes, nuestras propias ideas; hemos de ser reformados por la renovación de nuestras mentes para que podamos demostrar cuál es la voluntad de Dios, agradable y perfecta. Debemos vencer los pecados que nos acosan y derrotar los hábitos perversos. Las disposiciones y sentimientos inclinados al mal han de ser extirpados, para dar paso a caracteres y emociones santas, engendrados en nosotros por el Espíritu del Señor (Alza tus ojos, p. 216).

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