Jueves 27 de noviembre: Saber y hacer lo bueno

La ley de Dios descubre tanto las acciones internas como las externas de los seres humanos; discierne los pensamientos, las intenciones y los propósitos del alma. Se puede ser culpable de pecados que solo Dios conoce, porque él escudriña el corazón. Hay pasiones tenebrosas de celos, venganza, odio, malignidad y lujuria que se esconden de la observación humana, pero el gran YO SOY las conoce. Hay pecados acariciados que no se han realizado porque faltó la oportunidad, pero la ley divina conserva un registro de ellos. Estos pecados secretos forman el carácter. La ley de Dios condena no solamente lo que hemos hecho sino lo que hemos dejado de hacer. En el día final nos encontraremos con un registro de pecados de omisión así como de comisión, y de toda cosa secreta. Nos es suficiente probar que, de acuerdo con nuestra propia regla de medir el carácter, no hemos hecho nada malo; el hecho de que no hayamos hecho lo bueno será suficiente para declararnos siervos malos y negligentes (Manuscript Releases, tomo 6, p. 141).
Todo leal y abnegado obrero de Dios tiene la disposición de gastar y ser gastado por causa de otros. Cristo dice: “El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará” (Juan 12:25). Mediante esfuerzos fervientes y reflexivos para ayudar donde sea necesario, el verdadero cristiano muestra su amor a Dios y a sus prójimos. Quizá pierda su vida en el servicio. Pero cuando venga Cristo para reunir sus joyas, la encontrará otra vez.
Mis hermanos y hermanas, no gastéis mucho dinero y tiempo en el yo, por causa de la apariencia. Los que hacen esto están obligados a dejar sin hacer muchas cosas que habrían consolado a otros, irradiando un calor reconfortante a sus espíritus cansados. Todos necesitamos aprender a utilizar más fielmente las oportunidades que con tanta frecuencia nos llegan de proporcionar luz y esperanza a las vidas ajenas. ¿Cómo podemos utilizar esas oportunidades, si nuestros pensamientos se concentran en el yo? El que es egocéntrico pierde incontables oportunidades de hacer lo que habría producido bendiciones a otros y a sí mismo. En todas las circunstancias, es el deber del siervo de Cristo preguntarse: “¿Qué puedo hacer para ayudar a otros?” Habiendo hecho lo mejor que pueda, ha de dejar los resultados con Dios.
Deseo vivir de tal manera que, en la vida futura, pueda sentir que en esta vida hice todo lo que pude. Dios ha preparado para todos cierta clase de placer que puede ser disfrutado por ricos y pobres por igual: es el placer que se encuentra en cultivar la pureza del pensamiento y la abnegación en las acciones, el placer que proviene de pronunciar palabras de simpatía y efectuar actos de bondad. De los que efectúan un servicio tal brilla la luz de Cristo para alumbrar las vidas oscurecidas por muchas sombras (Mensajes selectos, tomo 1, pp. 100, 101).
Dios desea el servicio voluntario de nuestro corazón. Nos ha dotado con la facultad de razonar, con talentos que nos capacitan y con medios e influencia que han de ejercerse para el bien de la humanidad para que podamos manifestar el espíritu de Cristo al mundo. A nuestro alcance se colocan preciosas oportunidades y privilegios, y si los descuidamos, robamos a otros, defraudamos a nuestra propia alma y deshonramos al Maestro. No desearemos afrontar esas oportunidades desatendidas y esos privilegios descuidados en el día del juicio. Nuestros intereses eternos futuros dependen de nuestra diligencia presente en la realización del deber, en mejorar los talentos que Dios nos ha dado para la salvación de las almas (A fin de conocerle, p. 115).
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