Jueves 28 de agosto: Predicar el evangelio

“Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).
Así como los rayos del sol penetran hasta los más remotos rincones del globo, es el plan de Dios que la luz del evangelio se extienda a toda alma sobre la tierra… Hemos de proclamar diligente y desinteresadamente el último mensaje de misericordia en las ciudades, en los caminos y atajos. Se ha de llegar a todas las clases. Mientras trabajemos nos encontraremos con gente de diferente nacionalidad. Nadie ha de quedar sin ser amonestado.
El Señor Jesús fue el don de Dios para todo el mundo, no solo para las clases más elevadas, ni para una nacionalidad con exclusión de otras. Su gracia salvadora rodea el mundo. Todo el que quiera puede beber del agua de vida. Un mundo aguarda para oír el mensaje de la verdad presente. Y mientras los siervos de Dios son inducidos a dar la luz, se representa a todas las nacionalidades alistándose para el servicio como instrumentos de elección divina (En lugares celestiales, p. 340). El Señor pide a su pueblo en todo lugar sembrar sobre todas las aguas. Al seguir sus órdenes él continuará impartiendo los dones del cielo. La causa de Dios necesita tanto de obreros como de dinero. ¿Continuaremos gastando nuestros medios en aquello que no es esencial mientras descuidamos la obra que debe ser hecha?…
El espíritu de liberalidad es el espíritu del cielo. El amor abnegado de Cristo se reveló en la cruz. El dio todo lo que tenía –hasta su vida– para que el ser humano pudiera ser salvado. Por eso la cruz apela a la benevolencia de cada seguidor de nuestro bendito Salvador; una benevolencia que se muestra en buenas obras, en dar y volver a dar; ese es el verdadero fruto de la vida cristiana.
La obra de Dios necesita tanto de hombres como de mujeres que hayan aprendido de Cristo. Obreros que al contemplarlo se ven tal como son, pero que están listos para pedirle que los haga lo que pueden llegar a ser. Al contemplarlo, podemos ver nuestros defectos, pero también podemos recibir su fuerza para remediarlos (Review and Herald, 14 de noviembre de 1912).
En el día final, cuando desaparezcan las riquezas del mundo, el que haya guardado tesoros en el cielo verá lo que su vida ganó. Si hemos prestado atención a las palabras de Cristo, al congregamos alrededor del gran trono blanco veremos almas que se habrán salvado como consecuencia de nuestro ministerio; sabremos que uno salvó a otros, y éstos, a otros aun. Esta muchedumbre, traída al puerto de descanso como fruto de nuestros esfuerzos, depositará sus coronas a los pies de Jesús y lo alabará por los siglos interminables de la eternidad. ¡Con qué alegría verá el obrero de Cristo aquellos redimidos, participantes de la gloria del Redentor! ¡Cuán precioso será el cielo para quienes hayan trabajado fielmente por la salvación de las almas! (El discurso maestro de Jesucristo, p. 78).

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