Jueves 29 de enero: La recompensa de los justos

Que todo joven considere la parábola de las diez vírgenes. Todas tenían lámparas, esto es, una apariencia externa de religión pero solo cinco de ellas poseían la piedad interior. A cinco de ellas les faltaba el aceite de la gracia. El espíritu de vida en Cristo Jesús, el Espíritu Santo, no moraba en sus corazones. Sin el aceite de la gracia, ¿de qué valía llevar la lámpara de la profesión de fe? Por más alta que sea ésta, por más alto que sea el puesto que ocupe el supuesto religioso, si falta el aceite de la gracia, no tiene con qué alimentar su lámpara, y no puede esparcir rayos de luz claros y brillantes (Hijos e hijas de Dios) p. 120).
El creyente individual ha de trabajar para el pecador individual. Cada persona debe mantener ardiendo su propia luz; y si el aceite celestial corriere hacia estas lámparas por los conductos de oro; si los vasos fueren vaciados del yo, y preparados para recibir el aceite santo, se derramará luz sobre la senda del pecador con algún propósito. Más luz caerá sobre la senda del extraviado de parte de una lámpara tal, que de toda una procesión de antorchas cnarboladas para la ostentación (Joyas de los testimonios, t. 2, p. 410).
El hombre regenerado tiene una unión vital con Cristo. Como el pámpano obtiene su sustento del tronco paterno y por esto puede llevar mucho fruto, de la misma manera el verdadero creyente está unido con Cristo y revela en su vida los frutos del Espíritu. El pámpano llega a ser uno con la vid. La tormenta no puede arrancarlo. Las heladas no pueden destruir sus propiedades vitales. Ninguna cosa es capaz de separarlo de la vid. Es un pámpano viviente, y lleva los frutos de la vid. Así ocurre con el creyente. Mediante su conversación y buenas obras revela el carácter de Cristo. Como el pámpano extrae su nutrimento de la vid, así también todos los que están verdaderamente convertidos extraen vitalidad espiritual de Cristo (Alza tus ojos, p. 180).
Jesús dijo: “Separados de mí nada podéis hacer” (S. Juan 15:5). La unión con Cristo es el único medio a nuestra disposición para vencer al pecado… Vivimos y nos movemos en él (A fin de conocerle, p. 320).
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